| 
Donald
A. Norman
The Design of Everyday Things
Basic Books
1988

Donald
A. Norman
Emotional Design
Basic Books
2004
|
1
de febrero de 2005
The Design of Everyday Things - Lo que podemos aprender
de una lavadora
Nuestra
lavadora tiene únicamente cuatro controles: dos para
la temperatura del agua y el programa de lavado y dos botones
para ponerla en marcha o detenerla y activar el centrifugado.
De los diez programas sólo usamos dos o tres: "blanco
sintético" y "color sinténtico"
principalmente y, tras seis años, sigo sin saber para
qué sirve el resto. Jamás he movido la posición
del controlador de temperatura (me da miedo hacerlo, mi mujer
es más atrevida). Sigo teniendo dudas sobre en qué
cazoleta hay que depositar el detergente y en cuál
el suavizante. Hasta ahora no me he equivocado, pero tampoco
me he informado sobre qué horribles efectos tendría
verter uno en el espacio del otro.
Mi padre
utiliza ordenadores desde hace unos diez años. No instala
juegos, no ve películas en DVD ni en DivX, el único
uso que les da es el de procesador de texto. A pesar de ser
doctor en medicina y de tener una capacidad de aprendizaje
enorme y una inteligencia aguda, todavía me llama por
teléfono de vez en cuando para que le recuerde cómo
se resuelven operaciones simples: dividir un documento en
varios, modificar estilos de párrafo, etc. Mi primer
sonido de respuesta suele ser un suspiro.
Obviamente
tanto mi padre como yo somos unos desastres pero nuestros
problemas con la lavadora y con el ordenador están
un paso más allá del mero despiste. Yo, en particular,
debería sentirme culpable por ser tan torpe al enfrentarme
a un aparato tan simple. Pero, siguiendo a Donald
A. Norman, esa culpa debe estar matizada por un factor
clave: las interfaces tanto de la lavadora como del sistema
operativo del ordenador no están bien diseñadas.
Y sus manuales son incomprensibles.
La
experiencia de usuario
The
Design of Everyday Things (TDOET) es mucho más
que una fuente de excusas para torpes pero uno de sus principales
objetivos es (y, mucho más importante, era en los
años 80, cuando los estudios sobre experiencia
de usuario estaban menos avanzados que hoy en día)
hacernos comprender que cuando alguien comete errores con
un dispositivo la culpa generalmente no es suya, sino de los
diseñadores o ingenieros que no tuvieron en cuenta
al usuario durante su creación. O que se consideraron
a sí mismos, "usuarios medios".
No es
extraño el éxito y la influencia que ha tenido
este libro en una generación de diseñadores.
Norman, además de colaborador de Jacob
Nielsen, es profesor de ciencia computacional
y psicología en la Northwestern
University, pero TDOET está escrito para
resultar legible a cualquiera. Se acerca a la psicología
de la cognición pero su punto de vista es siempre el
del ensayo divulgativo y ligero. Es un excelente punto de
partida para reflexionar sobre cómo los usuarios (o
lectores...) se manejan con los productos que les ofrecemos,
pero hay que leer un poco más para profundizar. La
propia bibliografía da algunas pistas.
TDOET
propone algunas bases para un buen diseño que se resumen
en las dos máximas resaltadas en la última parte
del libro: "asegúrate de que el usuario pueda
averiguar qué hacer y de que se percate de lo que está
sucediendo". Es decir: haz visible lo importante, proporciona
feedback y procura que de forma natural sea posible
hacerse una idea de para qué sirve y cómo se
usa tu dispositivo (Norman habla de "modelos conceptuales").
Visibilidad
implica que todo aquello que sea importante para la interacción
con el dispositivo esté a mano a primera vista. O,
según la definición más técnica
de TDOET, es el factor que vincula "las acciones previstas
con las operaciones realizadas". El feedback
-"enviar información sobre qué acción
ha sido realizada y cuál ha sido su resultado"-,
por su parte, también es fundamental para que el usuario
no se pierda y toma formas muy diferentes, desde señales
acústicas hasta sensaciones táctiles.
Norman
dedica mucho espacio a explicar de manera muy básica
cómo funcionan el razonamiento y la memoria en nuestra
relación con los objetos cotidianos y cuáles
son los factores que nos conducen a cometer errores con ellos.
Y propone muchas soluciones de diseño para impedirlos.
Las restricciones, por ejemplo, resultan esenciales. Mi lavadora
dispone de una muy inteligente: cuando se pulsa el botón
de "encendido y apagado", uno debe esperar un par
de minutos para abrir el tanque y sacar la ropa. ¿Qué
ocurriría con alguien como yo de no existir esta restricción?
Que con seguridad inundaría la cocina todas las semanas.
Otro ejemplo expuesto en TDOET es el de los cajeros automáticos,
que obligan a retirar la tarjeta antes de que recojas
tu dinero para evitar que la olvides.
A pesar
de que el libro se ha quedado viejo y pide a gritos una reescritura
(han pasado muchas cosas en 16 años), sus principios
están vigentes. Norman nos habla de lavadoras, puertas
imposibles, teteras para masoquistas y máquinas de
escribir, pero sus conclusiones son aplicables a cualquier
cosa que deba ser manipulada por un usuario para conseguir
un objetivo, desde un ordenador hasta una infografía
interactiva, pasando por una página web o incluso el
panel de control de una central nuclear: que sea fácil
de usar. Y es que el diseño basado en el sentido común
es universal.
Lidiando
con las emociones
Muchos
años después de que The Design of Everyday
Things se haya convertido en un best-seller,
Donald A. Norman lanza al mercado su continuación,
Emotional Design, en la que matiza
muchas de las conclusiones del clásico. Confiesa que,
influenciado por los rápidos avances de las neurociencias
y la psicología cognitiva, ha "cambiado"
porque percibe la enorme importancia que las emociones tienen
en nuestro día a día, hecho que no contempló
en su libro más conocido. Somos seres racionales pero
no todas nuestras acciones están guiadas por la porción
lógica de nuestro cerebro. De hecho, son sólo
una pequeña parte de las que emprendemos. Como todavía
estoy en proceso de lectura ahí va la tesis principal
del libro: los objetos atractivos son más fáciles
de usar precisamente porque son atractivos. La discusión
sobre estética vs. funcionalidad muerta para siempre.
Por fin.
|