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11
de abril de 2004
PulpEdiciones:
¿piratería o "descuido"?
Este
artículo requiere una explicación previa. A
finales de 2003 comenzaron a correr rumores de que una joven
editorial de ciencia-ficción y fantasía española,
PulpEdiciones, estaba cometiendo numerosas irregularidades
(no pagaba derechos, plagiaba traducciones, etc.). Como lector
habitual de género, me interesé por el asunto
y propuse a la revista Gigamesh
la elaboración de un artículo en el que arrojar
algo de luz sobre el asunto y separar los hechos de los simples
rumores. Con posterioridad decidí
convertir el resultado en un texto copyleft. Hasta
el momento lo ha publicado la ya citada Gigamesh
y varias páginas web (Bibliópolis,
Dreamers,
Stardust,
etc).
A
fecha de hoy, y a partir de que anunciase que estaba trabajando
en este texto, Pulp ha solucionado alguno de los problemas
de los que hablo más adelante. Muchos de los que afectan
a traductores y autores españoles, sin embargo, siguen
como estaban.
Un
pequeño milagro
El mundo
editorial de la ciencia-ficción española es,
salvo excepciones, un páramo. Al abrigo de un núcleo
fiel de lectores que procuran estar al día de las novedades,
un puñado de editoriales sobrevive considerando best-seller
todo lo que venda por encima de los 3.000 ó 4.000 ejemplares.
De ahí que cada nuevo aventurero en la dura
tarea de ofrecer libros a la grey sea saludado con entusiasmo
y hasta con una pizca de complicidad.
PulpEdiciones
es el resultado de los esfuerzos de algunos de esos aventureros.
Nacida primero como revista en el año 2000 (PulpMagazine)
y más tarde como sello editorial (2001), su catálogo,
aunque no es comparable con los de los dinosaurios de la profesión
(Minotauro o Nova), sí hizo en su momento palidecer
a los pujantes nuevos valores: Gigamesh, La Factoría
de Ideas o Bibliópolis.
En un
tiempo muy escaso, Pulp, liderada por Andres Sofío
(áreas financiera y comercial) y Román Goicoechea
(en labores de director editorial), y con la colaboración
en algunas iniciativas de ciertos nombres destacados de la
cf española, como los miembros de la Asociación
Cultural Metrópolis Milenio León Arsenal y José
Miguel Pallarés, ha publicado muchos títulos
clave, especialmente grandes clásicos recuperados del
olvido. Autores de la vieja escuela -Clark Ashton Smith o
Edgar Rice Burroughs- se codeaban con otros más cercanos
en el tiempo, pero de nivel equivalente, como Fritz Leiber,
Frederik Pohl, y con españoles de renombre: Rafael
Marín, Javier Negrete, etc.
El futuro,
en principio, se presentaba prometedor para PulpEdiciones.
Sus colecciones, a pesar de no tener una presentación
demasiado alejada de la fanedición tradicional, estaban
bien distribuidas y recibían buenas reseñas.
El sello, dependiente de la empresa Río Henares Producciones
Gráficas S.L., ha sido calificado de pequeño
milagro editorial. No es para menos (1).
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El
triunfo en entredicho
A mediados
de 2003 comienzan a circular por foros especializados rumores
de presuntas ilegalidades, calificados por los responsables
de PulpEdiciones de “calumnias”. El sello se había
lanzado a un auténtico sprint que le llevó
a poner en el mercado hasta cuatro o cinco títulos
mensuales, a la altura de un monstruo como Minotauro, propiedad
de la editorial Planeta. El desencadenante de las sospechas
sobre las prácticas irregulares de Pulp fue la pugna
por los derechos de los libros de Fritz Leiber.
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Leiber
es uno de los clásicos menos reeditados de la fantasía.
Sus historias de Fafhrd y el Ratonero Gris, situadas en la
mítica ciudad de Lankhmar, son auténticas piezas
de coleccionista en los mercados de segunda mano, tan valoradas
incluso como los libros de la serie de Elric de Melniboné,
de Michael Moorcock. Tanto Planeta, a través de otra
de sus filiales, Timun Mas, como Bibliópolis o Gigamesh,
se pusieron en contacto en algún momento durante 2001
y 2002 con Daniel Baror, representante de los derechos de
Leiber, para interesarse por la saga de Lankhmar o por otros
libros del autor. El precio que Baror ponía a muchas
de estas obras era “desorbitado” a juicio de esas
empresas, por lo que las negociaciones, a varias bandas, se
prolongaron durante meses.
La sorpresa
llegó cuando PulpEdiciones anunció la publicación
de una gran cantidad de obras de Leiber. No textos menores,
sino la saga de Fafhrd y el Ratonero Gris al completo (hasta
la fecha ha llegado a la calle el primer volumen, Lankhmar
I), El gran momento (The Big Time)
y Nuestra señora de las tinieblas (Our
Lady of Darkness). ¿Cómo había conseguido
aquella pequeña editorial comprar los derechos de semejantes
joyas en bruto?
Según
el representante de Leiber, no lo hizo. Daniel Baror fue muy
claro en las respuestas a varias editoriales españolas,
extrañadas por el asunto: a pesar de que los libros
citados están ya a disposición del lector español
y de que existieron conversaciones con Pulp “el único
título vendido al mercado español es The
Sinful Ones (Los que pecan), a Ediciones Colihue.
Todos los demás están disponibles para el mercado
hispanohablante”.
En las
fechas en las que se hicieron por escrito dichas declaraciones,
muy posteriores a la edición de los libros citados,
no se había vendido “ningún título
a PulpEdiciones”. Esto es: no se había firmado
ningún contrato y, por supuesto, no se había
pagado ni un euro por derechos antes de proceder a su publicación.
Sin embargo, en El gran momento y en Nuestra
señora de las tinieblas puede leerse “Publicado
de acuerdo con el autor por mediación de Baror International
Inc.”.
La versión
de PulpEdiciones es que “todo es una cadena de casualidades.
Le enviamos una propuesta (a Daniel Baror) y nos remitió
los contratos”, que “se quedaron en un cajón”
por un “descuido”. Por un segundo “descuido”
se decidió continuar y “los libros salieron a
la calle”. Cuando la editorial habló de nuevo
con el agente, después de que se desencadenara la polémica,
éste contestó que los contratos, que nunca fueron
cerrados, no tenían validez alguna. Consecuencia, según
Andrés Sofío: “nos exige una 'multa' de
10.000 dólares”. La misma cantidad que, según
Román Goicoechea, figura en los acuerdos como adelanto
global para “diez libros de Fritz Leiber que no verán
la luz por prohibición expresa”.
Al mismo
tiempo, Baror ha exigido a PulpEdiciones que retire todos
los ejemplares de las librerías mientras busca “un
nuevo editor” para el mercado hispanohablante. La serie
de Lankhmar, por lo menos por un tiempo, seguirá siendo
objeto preciado en el mercado de segunda mano.
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Derechos
impagados
La compra
de derechos es un proceso por lo general largo, pero bastante
sencillo de explicar. Un editor se interesa por un título
o elige alguno ofrecido por los agentes y ofrece una cantidad
como adelanto. El agente responde con una petición
mayor y el regateo continúa hasta que una de las partes
(generalmente el comprador) se retira o se cierra el negocio.
Acto seguido, se formaliza lo acordado en un contrato, se
pagan los derechos correspondientes y, sólo después,
se procede a la edición.
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Publicar
sin acuerdo previo, además de estar fuera de la legalidad,
supone una ventaja frente a la competencia que sí cumple
los trámites: cuando una editorial se decide por un
libro, arriesga un dinero adelantando parte de los ingresos
correspondientes al porcentaje del autor. Es una especie de
apuesta: si el libro no funciona, es posible que la editorial
no recupere ni siquiera el dinero adelantado -además
de los gastos de imprenta, traducción, cubiertas, etc-.
Si uno de los actores se salta los pasos, juega sobre seguro:
pagará el adelanto pendiente (o la “multa”,
en palabras de Sofío) con los ingresos que obtenga
tras las liquidaciones. Y eso si el representante se percata
y reclama.
Los casos
de vulneración de derechos no se limitan a los libros
de Leiber. En la colección Aelita ha aparecido recientemente
la saga del reverendo Hake, obra de Frederik Pohl, recopilación
de tres novelas cortas tituladas The Cool War, Mars
Unmasked y Like Unto the Locust.
Al igual
que Daniel Baror, Isabel Monteagudo, de International Editors
(Barcelona), representante del autor en nuestro país,
es tajante: “Publicaron la Trilogía del reverendo
Hake sin negociar nada”. Román Goicoechea
se puso en contacto recientemente con ella para darle “explicaciones”
sobre una “cadena de malos entendidos”. Lo que
le dijo fue que, al no poder “localizar a los agentes”
que llevaban dichas obras de Pohl, “siguieron adelante
por su cuenta”. Monteagudo señala que esta excusa
tiene una credibilidad nula, puesto que Pulp ya se había
hablado con ella con anterioridad para interesarse por otros
títulos.
Gene Wolfe,
un autor generalmente publicado en nuestro país por
Minotauro, también tiene una novela corta en PulpEdiciones,
La muerte del Doctor Isla (Double, 2003), sin contrato
de por medio. Wolfe es representado en España por la
propia Isabel Monteagudo, que declaró que están
estudiando medidas, que podrían ir desde negociar una
compensación hasta pedir la retirada de los libros.
Además
de las citadas, una tercera empresa de representación
de autores española confirmó que Pulp se había
comunicado con ellos para “arreglar varias irregularidades”.
Los portavoces de esta empresa no desean hacer declaraciones
sobre cuáles son los títulos afectados, a la
espera de poder “solucionar” la situación
“convenientemente”. Los representantes de la herencia
de Lord Dunsany también muestran su “extrañeza”
por la aparición de La espada de Welleran
(Double, 4), pero tampoco desean extenderse en sus declaraciones.
En los
casos citados, según Goicoechea, “los agentes
no me respondieron cuando intenté negociar con ellos”
o “me dieron largas”. Cuando esto sucede, “hay
que forzar la situación. Si una editorial quiere sacar
un libro y un agente no responde, la editorial debe seguir
adelante” saltándose el proceso. “Es una
reacción legítima. Lo que la gente quiere es
pasta [sic]. Así lo arreglaremos: pagando cuando el
agente se ponga en contacto con nosotros”.
Sin embargo,
la explicación de Pulp no se sostiene ni su actuación
es “legítima”. Una obra sólo puede
traducirse y publicarse con consentimiento previo de su autor
o de sus representantes. Es más, si este consentimiento
no se plasma por escrito en un contrato de explotación,
es completamente nulo según la Ley de Propiedad Intelectual.
Los “preacuerdos” que alega Pulp para casos como
el de Baror no sirven de nada. Si ni siquiera se ha contactado
con los agentes, la falta es todavía más grave.
Según Juan Mollá, presidente de la Asociación
Colegial de Escritores (ACE) y uno de los mayores expertos
en propiedad intelectual en nuestro país, “la
ley es muy clara: no hay excepciones”. Nadie puede saltarse
el proceso sin incurrir en una ilegalidad.
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¿Quién
es “M. Blanco”?
M. Blanco
es un traductor eficaz y cumplidor, a juzgar por la velocidad
a la que trabaja. En el ISBN figura su nombre completo, según
PulpEdiciones: Manuel Blanco Rovira.
El primer
problema con este profesional surgió en un foro de
www.cyberdark.net.
A raíz de una reseña de Iván Olmedo,
un lector se quejó de que la traducción de Guardianes
del tiempo (Poul Anderson, colección Aelita) era
un calco de otra realizada hacía años por Trinidad
Valiente. En este caso, la pista para detectar la copia fue
una referencia a la “Cuesta de Moyano”, un conocido
lugar de compra-venta de libros usados en Madrid, que no estaba
en la versión original (en inglés). No hacían
falta demasiadas pistas, de todas maneras: ambas versiones
son casi gemelas.
PulpEdiciones
se apresuró a emitir un comunicado oficial fechado en
Villanueva de la Torre el 27 de septiembre de 2003 (2). En él
se reconocía el “fusilamiento” [sic] y se
cargaba toda la responsabilidad en el traductor, de quien en
aquel momento no se daba nombre “sometiéndonos
a la legalidad vigente”. A continuación, a pesar
de que se reconocía un presunto delito cometido por una
persona contratada para realizar un servicio, “no se retirarán
del mercado los ejemplares de Guardianes del tiempo”.
Eso sí, para Trinidad Valiente “quedan reservados
todos los derechos de su trabajo”.
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Pulp
continuaba: “salvo las obras traducidas por este autor,
todas las demás obras publicadas por PulpEdiciones
han sido escrupulosamente traducidas a partir de ejemplares
obtenidos de diferentes medios y siempre en su lengua original”.
Desde
entonces, M. Blanco ha traducido bastantes más títulos
para PulpEdiciones. En aquellas fechas, Román Goicoechea
no explicó por qué seguían encargando
trabajos a alguien que dañó la “imagen,
honor y buen nombre” de la editorial y contra quien
se “emprenderá las acciones legales de carácter
administrativo que considere oportunas” y que “hizo
uso en beneficio propio del trabajo de Dña. Trinidad
Valiente”. Tampoco detalló cuáles son
las “acciones legales” y por qué éstas
no impidieron a M. Blanco trabajar para la empresa.
Este comunicado
es un engaño deliberado a los lectores. Las once traducciones
que Pulp ha publicado firmadas por M. Blanco son copias ya
reconocidas.
“M.
Blanco” era un pseudónimo que se usaba en el
mundo de la ciencia-ficción española en los
años 70 para traducciones “fusiladas”.
Ediciones Dronte, el sello relacionado con la clásica
revista Nueva Dimensión, lo empleó
en varias ocasiones. Hasta el momento, Goicoechea siempre
ha negado la relación entre el “M. Blanco”
histórico y el actual. Dio una segunda versión
a principios de 2004: el nombre sí es “un pseudónimo
de un señor de Andalucía del que no puedo dar
datos. Cobra en negro”.
“Nos
la jugó bien jugada”, prosigue. ¿Y por
qué hicieron más encargos a ese “señor
de Andalucía” después del primer problema?
¿Por qué no se puso el resto de la colección
Double en cuarentena a la espera de comprobar si había
más copias? “Decidimos seguir adelante y, más
tarde, si comprobábamos que eran plagios y aparecía
el traductor original, negociaríamos con él
y corregiríamos los datos en el ISBN”.
La explicación
de Andrés Sofío es diferente. Admite, por fin,
que las sospechas vertidas sobre M. Blanco son ciertas: “Es
un pseudónimo de Román [Goicoechea] y otra gente.
Se utiliza desde siempre. Cuando empezamos, vimos que ese
nombre se había usado con anterioridad. En muchos libros
antiguos nos es imposible localizar al autor de una traducción”,
a pesar de que en todos los citados figura claramente, “o
no lo podemos localizar. Si luego aparece, le pagaremos”.
Lo que no explica es por qué cambiaron la firma del
autor real presuntamente “inencontrable” por la
de un personaje ficticio.
Los derechos
de los traductores son similares a los de los autores: una
editorial sólo puede ejercer el derecho de explotación
si el propietario lo consiente por medio de un contrato. Lo
contrario, como la actuación de PulpEdiciones, está
fuera de la legalidad.
“No
habrá más traducciones de M. Blanco”,
promete Goicoechea. ¿Qué sucederá entonces
con El reino de las sombras/El fuego de Asurbanipal
(Robert E. Howard) o con Jinetes del salario púrpura/La
balada de Beta-2 (Philip José Farmer/Samuel R.
Delany), próximas novedades en Double? “Si ya
hubieran salido, constará el traductor real en el ISBN”.
Por el momento, aparecen bajo el nombre del ubicuo y fantasmal
señor Blanco.
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Más
allá de M. Blanco
Los casos
de presunto plagio no se limitan al ficticio M. Blanco. Arturo
Villarrubia acusa a Román Goicoechea de “fusilar”
sus traducciones de Los mundos perdidos (Edaf) en
Averoigne: los mundos perdidos, de Clark Ashton Smith.
Una comparación de los relatos que comparten el libro
de Edaf y el de PulpEdiciones (no todos están en ambos)
deja en evidencia que las traducciones firmadas por Goicoechea
son calcos casi exactos de las de Villarrubia, propiedad de
la editorial Edaf, que “ya ha pedido explicaciones”.
De los
párrafos que Villarrubia pone como ejemplo, los más
llamativos están extraídos del cuento “El
final de la historia”. Existen dos traducciones previas
a la de Pulp, de Eric Navarro y P. J. López Quintana.
En ellas, uno de los personajes, un fauno, habla como una
persona normal, en un lenguaje llano. En la de Edaf, dicho
personaje adopta un tono arcaizante, reproducido palabra por
palabra por Goicoechea. “Me tomé la libertad”,
señala Villarrubia, “de cambiar la colocación
de los verbos haciéndole hablar como Yoda (p.116 de
la edición de Edaf y p. 184 de la de Pulp). Ni que
decirse tiene que en el original los verbos están en
su sitio”, lo que los convierte en una especie de marcas
de fábrica. La acusación no se limita a este
relato, sino que se extiende al resto.
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PulpEdiciones

Edaf |
Román
Goicoechea dice que “todavía espero que me diga
dónde está el plagio. Son meras concomitancias
[sic]”. Y como demostración señala que
a algún relato se le han añadido párrafos
que faltaban en la edición de Edaf: “Nos hemos
preocupado de corregir y completar los cuentos. Es una traducción
hecha del original”. Sin embargo, el parecido global
es demasiado evidente como para pasarlo por alto.
En cuanto
a Lankhmar I, las “coincidencias” con
la versión de Jordi Fibla para Martínez Roca
(de mediados de los ochenta) son indiscutibles. Cotejando
el libro de Pulp con los de los dos primeros de la saga de
Fafhrd y el Ratonero Gris en Martínez Roca se percibe
que, en un principio, la intención de Goicoechea fue
corregir el estilo y fallos ortográficos de la anterior
en relatos como “Las mujeres de la nieve”, “El
Grial impío”, “La maldición del
círculo” y “Encuentro aciago en Lankhmar”:
las páginas iniciales de cada uno de ellos son diferentes
entre ambas versiones, pero en las finales Goicoechea optó
por seguir fielmente la versión de Fibla. La “Introducción”
y el cuento final, “Las joyas en el bosque”, son
copias casi íntegras. En este último hay algún
ajuste mínimo, como cambiar “el año del
Gigante” por “el año del Behemoth”.
(Ver apéndice).
Hay más
traducciones de Román Goicoechea copiadas de ediciones
anteriores. Una princesa de Marte (E. R. Burroughs),
por ejemplo, tan fiel a la de Andrés Esteban Machalski
para Intersea que incluso mantiene erratas como la de la página
19 (versión Pulp) de escribir “extremada mente”
por separado. La dificultad de localizar libros en el mercado
de segunda mano ha impedido comprobar toda la serie de John
Carter.
También
la Trilogía del reverendo Hake, idéntica
a la de la de Luis Vigil para la revista Asimov en
los años 80 (no confundir con la actual encarnación
de Asimov, a cargo de Robel) y Los pasillos del
tiempo (Poul Anderson), aunque con respecto a la versión
que circula por Internet (de Producciones Editoriales) tiene
cambios sustanciales en la distribución de los capítulos:
Pulp recupera una buena porción del texto.
De los
calcos citados, Román Goicoechea sólo admite
el del libro de Hake y rechaza el resto. “No me apetecía
hacer la traducción por problemas personales”,
confiesa, “así que cogimos la de Luis Vigil”.
El que vaya firmada con su nombre, en vez de con el del veterano
profesional es “un error que no hubo tiempo de cambiar
en el libro, que ya estaba en imprenta, pero sí en
el ISBN”. Esta corrección, que subsanaría
una falsedad en registro público, no se ha realizado.
“Me
puse en contacto con Luis Vigil”, dice Andrés
Sofío “y nos cede la traducción encantado,
sin ningún problema”. Vigil, que se confiesa
“desvinculado” de la cf como profesión,
aunque no como afición, da una versión un poco
diferente: “Me escribieron una carta disculpándose
porque publicaron mi traducción 'por una confusión'.
En esa carta me piden que les envíe una factura por
la traducción del libro de Hake para pagármela
'lo antes posible'. No me precisan cuándo”.
PulpEdiciones
también ha tenido problemas con otras traducciones,
aunque por motivos diferentes. Por ejemplo, la de Almuric
(Robert E. Howard), cuya salida en la colección Gotas
ha sido retrasada, o las de los libros de Gordon R. Dickson.
Su “Ciclo de los Dorsai” fue publicado hace más
de una década por Miraguano con versiones de Francisco
Arellano y Elías Sarhan. José Mª Arizcun,
director de dicha editorial (y también librería),
explica que compraron las traducciones a sus autores antes
de la actual Ley de Propiedad Intelectual, que sólo
permite adquirir el derecho de explotación.
Andrés
Sofío dice que “tengo el consentimiento de Arellano.
No le pagamos nada por las de Dickson. Por Almuric,
400 euros. Cuando tengo que negociar una compra, voy al traductor”.
En el caso de Elías Sarhan, “fue imposible localizarlo”.
Francisco Arellano declina hacer declaraciones.
“Nuestro
abogado aconseja que lleguemos a un acuerdo amistoso”,
señala Arizcun, aunque no se muestra esperanzado, puesto
que PulpEdiciones “lleva mucho tiempo sin contestarnos”.
La librería dejó de vender libros de la editorial
a principios de este año, al igual que hizo Gigamesh
en diciembre de 2003, por sus “prácticas”
irregulares.
León
Arsenal, codirector de la colección Gotas, afirma que
“no me parece bien todo lo que se está montando”,
refiriéndose al revuelo que han provocado las acusaciones
a PulpEdiciones, y añade que lo considera el resultado
de “una guerra entre pequeñas editoriales por
quedarse con el pastel de la ciencia-ficción en España”.
Eso sí, es contundente al afirmar: “los derechos
legítimos hay que pagarlos” si Miraguano demuestra
que es propietaria de las traducciones. “Si se cometen
errores, hay que asumir las consecuencias”, añade,
refiriéndose tanto a PulpEdiciones como a aquellos
que “calumnian” a la editorial en Internet.
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“Miserias”
El “pastel”
que está en juego es, efectivamente, el de la ciencia-ficción
española, pero no en el sentido que León Arsenal
usa, según otros afectados.
“Son
miserias”, sentencia Rafael Marín, uno de los
más destacados autores de género en nuestro
país, para resumir la relación de varios profesionales
con PulpEdiciones. El eterno problema de la cf española,
a juicio de Julián Díez, ex director de la revista
Gigamesh y colaborador de Minotauro (Planeta), es que “demasiadas
cosas se hacen apalabrándolas, sin que medie un contrato.
Es una herencia de nuestro pasado, de que hay gente que ha
dado el salto de fan a profesional pero quiere seguir comportándose
como fan”. La consecuencia es que se incurre en prácticas
poco claras o presuntamente ilegales.
Marín
ha tenido roces serios con los responsables de la editorial.
Después de que Pulp usase su antigua traducción
de Nuestra señora de las tinieblas (Fritz
Leiber, originalmente para Martínez Roca), por la que
cobró, continuó con una original, La tierra
olvidada por el tiempo (E. R. Burroughs), que finalizó
“a finales de febrero o principios de marzo” de
2003. La promesa de “cobrar en septiembre” de
ese año no se cumplió. Afirma no haber obtenido
“ni un duro” por las tres novelas que contiene
el volumen ni tampoco “indicios” de recibirlo
próximamente. De hecho, “ni siquiera me han mandado
los ejemplares de cortesía”.
Tampoco
ha cobrado los derechos apalabrados por su colección
de cuentos El centauro de piedra (2002). Mientras
que aguardaba por el dinero, Pulp le propuso la traducción
de Imajica (Clive Barker), que dejó “aparcada”
en mayo de 2003.
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Ángel
Torres Quesada, uno de los decanos del género en España,
se considera “estafado” por PulpEdiciones. “Cuando
Román (Goicoechea) y Andres Sofío me pidieron
algo para publicar y les envié Los sicarios de
Dios [colección Aelita, 2001] pensé que,
por fin, había encontrado una editorial en la que podía
confiar. Verbalmente me prometieron como pago el 10%. Me hablaron
de enviarme los contratos, que aún estoy esperando”.
“Más
adelante Román (Goicoechea) y yo llegamos al acuerdo
de publicar la Trilogía de los dioses”,
continúa Torres Quesada, “para lo que me tomé
el trabajo de revisar las dos novelas publicadas, así
como la inédita. Mientras tanto esperaba el pago de
Los sicarios de Dios. Andrés [Sofío],
por teléfono, manifestó su alegría por
las ventas de la Trilogía…, que según
él sólo en Madrid fueron de 800 ejemplares.
Me dijo que para marzo recibiría la liquidación.
Era diciembre de 2002. En enero [de 2003] recibí un
pequeño pago parcial a cuenta”.
Pero había
una cantidad mayor pendiente. “Pasaron unos meses. El
teléfono que yo tenía ya no lo cogía
nadie”. Mientras tanto, Román Goicoechea le ofreció
recuperar otras de sus antiguas novelas. Pero Torres Quesada
cerró la relación con el sello hasta que no
cumplieran lo pactado.
José
Carlos Canalda escribió para PulpEdiciones Luchadores
del espacio, ensayo dedicado a la clásica colección
de bolsilibros del mismo nombre. Sobre su negociación
con Pulp dice que “me prometieron desde el principio
el 8% sobre el precio total del libro. Me dijeron que se estaba
vendiendo bien y hace tiempo, a raíz de que les pidiera
uno o dos que necesitaba para compromisos, me respondieron
que no tenían ninguno, que la edición estaba
prácticamente agotada, y que habían vendido
unos 400, estando el resto en la distribuidora o en las librerías.
Es fácil echar la cuenta aproximada del dinero que
me deben”. El precio de cubierta del libro es 27,05
euros.
”En
cuanto a cobrar, me dijeron que se hacía por años
vencidos. Pero cuando llegó septiembre de 2002, al
año siguiente de su publicación, me preguntaron
si me importaba esperar a Navidad y acepté”.
Pero el pago no llegó y en la primavera de 2003 “intenté
retomar el tema, pero siempre eran buenas palabras y excusas”.
Hasta hoy no ha vuelto a tener noticias.
Otros
“grandes nombres” del género en nuestro
país se sienten decepcionados por PulpEdiciones. Ramón
Brotons, que firmaba en los 50 como “Walter Carrigan”,
no habla de estafa porque “no hubo acuerdos previos”
sobre derechos ni cobros. Brotons, que escribió varios
libros para Editorial Valenciana, dio permiso “de buena
fe” a Pulp para que publicase La odisea del Kipsedon.
“Escribí las novelas que la componen con poco
mas de veinte años, y ya casi las tenia olvidadas”.
De lo que se queja Brotons es de la “mala educación”
de los responsables de la editorial: “Los estuve llamando
durante mas de un año, pero no los localicé.
Me habían pedido una cuenta bancaria, supongo que para
pagarme algo, pero ni siquiera me enviaron ejemplares del
libro”.
La sensación
de sorpresa y desolación es generalizada. José
Carlos Canalda dice: “A mí me deben una cantidad
pequeña, aunque no despreciable. No pensé que
iban a quedar mal por tan poco”. Este “tan poco”
explica en parte por qué nadie se ha querellado contra
la editorial todavía. Las cantidades defraudadas a
cada afectado son tan bajas que pueden no merecer un esfuerzo
tan grande (en tiempo y dinero) como el que exige un proceso
legal. Sumadas todas las “cantidades pequeñas”,
sin embargo, “sale una cantidad global bastante grande”,
afirman.
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“Todo
esto se arregla con la chequera”
Es la
frase más repetida por los responsables y colaboradores
de PulpEdiciones cuando se les pregunta sobre lo que ellos
califican de “errores” (publicaciones sin cerrar
acuerdos, impagos a traductores y escritores, calcos de traducciones):
“todo esto se arregla con la chequera”. Se refieren
a que, una vez desencadenado el conflicto por dichos “errores”,
se puede llegar a acuerdos ventajosos para no levantar polvareda.
“No
hemos pretendido robar a nadie. ¿Qué alguien
ha salido perjudicado de nuestra actuación? Indudablemente.
Pero no lo hicimos con mala intención”, explica
Andrés Sofío. “Hemos cometido no uno,
sino muchos errores. Todas las editoriales los cometen”
añade. “A todos se nos debe dar la oportunidad
de enmendarnos”.
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Afirma
que él “no estaba enterado” de las “meteduras
de pata”. ¿Cómo es posible que el administrador
único de la empresa, su máximo responsable,
no estuviera al tanto de la enorme cantidad de “irregularidades”?
¿Cómo es posible que se le “pasara”
el acuerdo de derechos, o que había alguien en su empresa
copiando traducciones antiguas y firmándolas con otro
nombre? Achaca la responsabilidad directa a Román Goicoechea:
“yo daba por bueno lo que me decía. No soy el
editor, a algunos errores he llegado a tiempo y a otros no”.
Aclara a continuación: “defiendo a Román
en todo”.
¿Por
qué no se hizo bien desde el principio, puesto que
se sabía a quién acudir en el caso de los agentes
y se obtuvieron ingresos por los libros de españoles?
“Además de que éramos novatos, hacer las
cosas bien es un problema de posibilidades”, sostiene,
lo que significa que “no siempre hay dinero”.
Cuando se le indica que, teniendo en cuenta que en muchos
casos no se pagaron derechos ni traducciones, el beneficio
es mucho mayor, responde “tenemos un promedio de ventas
de unos 400 o 500 ejemplares de cada título. No da
para mucho”, cifras que contrastan con las aportadas
por los afectados y que son imposibles de comprobar de fuentes
neutrales. Pero eso no explica por qué no se ha liquidado
siempre el 8-10% del precio de portada que le corresponde
al autor por cada ejemplar, a menos que este dinero se haya
destinado a otros fines. Por cada libro con un precio de 10
euros vendido, al autor le corresponden 0,8-1 euros, independientemente
de que en el mercado haya funcionado bien o mal. Un libro,
un euro de liquidación.
¿Cómo
es posible, además, que una editorial se mantenga durante
más de dos años vendiendo supuestamente tan
poco? “Pues, por ejemplo, retrasando pagos” o
“escaqueándonos” (sic). “Ahorramos
de donde se puede ahorrar. Empezamos sin un duro y los gastos
se dispararon porque metimos la pata con los primeros títulos
y perdimos mucho dinero”.
Puesto
que Río Henares no presenta sus cuentas al Registro
Mercantil desde hace años, es imposible comprobar si,
como afirma Andrés Sofío, la editorial se vio
en aprietos económicos en sus comienzos, lo que impidió
cumplir con sus compromisos. “Tengo un contencioso pendiente
con Hacienda por este asunto”, señala. Pero no
cerraron el negocio a pesar de la “difícil situación”,
sino que siguieron pidiendo obras de autores españoles,
encargando traducciones y editando libros extranjeros en muchos
casos sin permiso legal.
Por otra
parte, la declaración de dificultades económicas
contrasta con el anuncio oficial que PulpEdiciones hizo el
1 de octubre de 2003 de su asistencia a la Feria del Libro
de Monterrey, México, de ese año y de la apertura
de una oficina en la ciudad de Cuernavaca en dicho país
para servir “con prontitud y buenos precios” a
toda Hispanoamérica. ¿Cómo es posible
que hubiera dinero para invertir en este proyecto si el balance
de la editorial “está a cero o incluso es negativo”?
Según Andrés Sofío, la “aventura
americana” consistió sólo en “el
envío de 30 ejemplares de cada libro, que todavía
no nos han liquidado”. Al final, la iniciativa “quedó
en nada”.
A pesar
de que Sofío confiesa que los retrasos en los pagos
fueron intencionados, dice que piensa satisfacer todas las
deudas pendientes. No ha cumplido con la promesa de liquidarlas
en Navidad de 2003; la retrasa a marzo de 2004: “Acompañaré
el dinero de una carta de disculpa”.
Se queja,
además, de la actitud de los acreedores: “Están
aprovechando esta situación para reclamar. Sin embargo,
en su momento les dije: entiendo que reclaméis vuestro
dinero, pero comprended que estamos creciendo, vamos jodidos,
tened paciencia. Cobraréis tarde o temprano”.
José
Carlos Canalda declara: “Eso de que no podía
pagarme porque no tenía liquidez pero que lo haría
sin falta dentro de poco me lo ha repetido ya tantas veces
que parece un disco rayado. Lo único que quiere es
seguir ganando tiempo”. Rafael Marín añade
que “llevan así un año en mi caso”.
Y Ángel Torres asegura que “Andrés [Sofío]
podía empezar dirigiéndose personalmente a los
afectados dándonos esas disculpas”. No hay “liquidez”
para darles el dinero acordado, afirman, pero sí para
seguir publicando.
“Llevamos
invertidos en esta empresa 15 ó 20 millones de pesetas”
sentencia Sofío, en contra de su declaración
inicial de que habían comenzado “sin un duro”.
Y añade: “Yo pienso seguir adelante. Si alguien
cree que nos vamos a retirar, se equivoca”.
La
teoría de la conspiración
Román
Goicoechea considera “dañado” su honor
por lo que define como conjura para expulsar el proyecto que
colidera con Andrés Sofío del mercado y que
Julián Díez ha calificado como “el mayor
escándalo de la historia de la cf en España”.
En un
correo electrónico previo a que estallase la polémica,
dirigido a varias listas de distribución (3), uno de
tantos que Goicoechea envía periódicamente para
anunciar los proyectos de la editorial, clamaba contra el
“puñadito de degolladores de vuelta de esquina
que, a falta de otras preocupaciones o trabajos dignos de
esos que te requieren por completo para salir adelante, se
dedican a minar de la forma más cobarde y rastrera
posible el trabajo de otros a falta de una ocupación
más honrada”.
Añadía:
“Que el movimiento se demuestra andando es algo evidente,
que PulpEdiciones sigue adelante aportando (quizá es
lo que más le duela) su granito de arena al mercando
[sic] de la literatura de fantasía, que yo he demostrado,
mal que bien, que conozco mi oficio y mi condición.
Que, en definitiva, las balas que usted dispara me rozan pero
no me dan”. En ocasiones, sin embargo, el juego más
peligroso no es el duelo en plena calle, sino la ruleta rusa.
Notas
(1) Para
la elaboración de un historial de la sociedad, se solicitaron
de Pulp ciertos datos básicos sobre la empresa. Los
representantes de la editorial respondieron que era imposible
“facilitar información, ni fiscal ni financiera,
de Río Henares voluntariamente”. Esta información,
sin embargo, es de dominio público si la sociedad cumple
con sus obligaciones legales. El hecho más llamativo
es que nunca han presentado cuentas desde el nacimiento del
sello Pulp, aunque sí antes.
Según
datos del Registro Mercantil recogidos el 10 de diciembre
de 2003, Río Henares es una empresa constituida en
noviembre de 1994. Con un capital social de 3.010 euros, su
objeto es “la impresión y reproducción
de textos o imágenes por cualquier procedimiento, la
edición de libros, gruías [sic] catálogos
o cualquier otra publicación, así como la edición
de imágenes”. Desde el 1 de septiembre de 2001
posee un administrador único, Andrés Sofío
González. El 16 de mayo de 2001 se cambió el
domicilio, se produjo la “adaptación a Sociedades
Limitadas” y se presentaron las cuentas de varios ejercicios
anteriores. El 16 de noviembre de 2001 se realizó una
“ampliación de capital por ajuste”. La
hoja del registro de Río Henares está cerrada
“por falta de depósito de cuentas” anuales
desde el 16 de mayo de 2001, en el que se presentaron de golpe
las de los ejercicios de 1996, 1997, 1998 y 1999. La del ejercicio
de 1995 se presentó un mes y un día más
tarde.
No constan
las de los ejercicios posteriores a 1999, fundamentales para
conocer el desarrollo de PulpEdiciones. No presentar cuentas
de cada ejercicio es altamente irregular de acuerdo con la
legislación mercantil, que exige que se entreguen en
el año siguiente. Este tipo de información sobre
una empresa debe estar obligatoriamente a disposición
de quien la solicite.
Además
de libros de PulpEdiciones, Río Henares ha lanzado
al mercado otros de temática diversa, como Historia
de la inmunología, de Javier S. Mazana o Sevilla:
historias de Corta, de Román Goicoechea Miranda.
(2) Tanto
la acusación como el comunicado oficial de Pulp pueden
localizarse en http://foros.cyberdark.net/nforos2.php3?cod=3&mens=357345
(3) Mensaje
titulado “Los muertos que vos matáis” a
las listas gigamesh, artifex2, ghwhite, entre otras, todas
ellas de Yahoogroups, y a los foros de la página cyberdark.com.
Martes 9 de diciembre de 2003. En él arremetía
contra el autor de una “información anónima”
en la que se avisaba a uno de sus distribuidores de que PulpEdiciones
“echábamos el cerrojo”.
Tras el
estallido de la polémica en foros y listas de correo,
Román Goicoechea emitió otro comunicado de tono
diferente, en el que pedía que no se le acusase en
exclusiva de los errores que eran responsabilidad de una “sociedad”,
refiriéndose a la empresa.
APÉNDICE
Los relatos
de Lankhmar I (PulpEdiciones) están repartidos
en Espadas y demonios y Espadas contra la muerte
(Martínez Roca). Para que el lector compruebe lo curioso
que resulta que los comienzos de los cuentos citados sean
diferentes y que, por el contrario, las páginas finales
sean idénticas, se ofrece un ejemplo extraído
de “El Grial Impío”.
Comienzo
en la versión Martínez Roca
Tres cosas
advirtieron al aprendiz de brujo de que algo iba mal: primero,
las huellas profundas de herraduras en el camino del bosque,
que percibió a través de sus botas antes de
agacharse para palparlas en la oscuridad; luego el misterioso
zumbido de una abeja, cuya presencia de noche no era en absoluto
natural, y, finalmente, un débil y aromático
olor a quemado. El Ratón echó a correr, esquivando
troncos de árboles y raíces que conocía
de memoria, y gracias también a un sentido como el
de los murciélagos, que recogía el eco de ligeros
sonidos emitidos. Las medias grises, la túnica, la
capucha puntiaguda y el manto ondeante, hacían que
el delgado y ascético joven, pareciera una sombra apresurada.
Comienzo
en la versión de PulpEdiciones
Tres cosas
advirtieron al aprendiz de brujo de que algo andaba mal: primero,
las profundas huellas de cascos herrados en el camino del
bosque… las percibió a través de sus botas
antes de agacharse para palparlas en la oscuridad; a continuación,
el fantasmagórico zumbido de una abeja, atravesando
innaturalmente la oscuridad de la noche; y, finalmente, un
débil y aromático olor a quemado. Ratón
echó a correr, esquivando los troncos de árboles
y raíces que conocía de memoria, y gracias también
a un sentido como el de los murciélagos, que recogía
el eco de ligeros sonidos emitidos. Las medias grises, la
túnica, la capucha puntiaguda y el manto ondeante,
hacían que el joven, delgado hasta lo ascético,
pareciera una sombra apresurada.
Final
en la versión de Martínez Roca
El hilo
que sujetaba a Ratón se rompió. Su espíritu
cayó como una pomada hacia la estancia subterránea.
Le inundó
un dolor atroz, pero que prometía vida, no muerte.
Por encima de él estaba el techo bajo la piedra. Las
manos sobre la rueda eran blancas y esbeltas. Entonces supo
que aquel dolor era el de la liberación del potro.
Lentamente
Ivrian aflojó las anillas de cuero de sus muñecas
y tobillos. Lentamente le ayudó a bajar, sosteniéndole
con todas sus fuerzas mientras cruzaban tambaleándose
la habitación, de la que todos los demás habían
huido aterrados, salvo una figura hundida y enjoyada en una
silla tallada, junto a la que se detuvieron. El muchacho miró
al muerto con la mirada fría y satisfecha, como una
máscara de un felino. Luego continuaron su camino,
Ivrian y el Ratonero Gris, a través de corredores desiertos
por el pánico, y salieron a la noche.
Final en la versión de PulpEdiciones
El hilo
que sujetaba a Ratón se rompió. Su espíritu
cayó como una plomada hacia la estancia subterránea.
Le inundó
un dolor atroz, pero que prometía vida, no muerte.
Por encima de él estaba el techo bajo la piedra. Las
manos sobre la rueda eran blancas y esbeltas. Entonces supo
que aquel dolor era el de la liberación del potro.
Lentamente
Ivrian aflojó las anillas de cuero de sus muñecas
y tobillos. Lentamente le ayudó a bajar, sosteniéndole
con todas sus fuerzas mientras cruzaban tambaleándose
la habitación, de la que todos los demás habían
huido aterrados, salvo una figura hundida y enjoyada en una
silla tallada, junto a la que se detuvieron. El muchacho miró
al muerto con la mirada fría y satisfecha, como una
máscara de un felino. Luego continuaron su camino,
Ivrian y el Ratonero Gris, a través de corredores desiertos
por el pánico, y salieron a la noche.
Ejemplos
del libro de Clark Ashton Smith. Existen dos traducciones
previas a las de Arturo Villarrubia/Román Goicoechea.
Eric
Navarro:
Carecía
de título y fecha. La narración comenzaba y
concluía con la misma brusquedad. Hablaba de un tal
Gerard, conde de Venteillon, el cual, la víspera de
su boda con la renombrada y bella Eleanor des Lys, se topó
en el bosque próximo a su castillo con una criatura
semihumana con cascos y cuernos. Gerard, decía la historia,
era un joven caballero con reputada fama de combatiente y
un devoto cristiano; en nombre de Nuestro Señor Jesucristo,
conminó a la criatura a detenerse y decirle quién
era. Con una salvaje carcajada a la luz del ocaso, el extraño
ser se detuvo delante de Gerard y le respondió:
-Soy un
sátiro, y vuestro Jesucristo significa para mí
menos aún que los hierbajos que crecen al pie de los
escombros amontonados junto a los muros de las cocinas.
Horrorizado
ante semejante blasfemia, Gerard hizo ademán de desenvainar
su espada para cercenar la cabeza de la criatura, pero esta
siguió hablando:
-Aguardad,
Gerard de Venteillon, os revelaré un secreto tal que
os hará renegar de vuestra fe en Cristo, olvidar a
vuestra futura esposa y dar la espalda al mundo sin dudarlo
y sin que os arrepintáis de ello una sola vez.
Pedro
J. López Quintana:
No había
título, ni fecha, y el escrito era un relato que comenzaba
casi de modo tan abrupto como terminaba. Era sobre un tal
Gerard, Conde de Venteillon, el cual, en la víspera
de su matrimonio con la reputada y hermosa demoiselle, Eleanor
des Lys, había encontrado en el bosque cerca de su
castillo una extraña criatura medio humana con pezuñas
y cuernos. Entonces Gerard, según explicaba el relato,
era un joven caballeroso de valor indisputablemente probado,
al mismo tiempo que un auténtico Cristiano; así
que, en el nombre de nuestro Salvador, Jesucristo, le pidió
a la criatura que se detuviera y que diera razón de
sí misma. Riendo salvajemente en el crepúsculo,
el grotesco ser brincó frente a él, y gritó:
-Soy un
sátiro, y tu Cristo es menos para mí que los
hierbajos que crecen en los montones de escoria de tu cocina.
Espantado
por tal blasfemia, Gerard hubiera sacado su espada para matar
a la criatura, pero ésta gritó de nuevo, diciendo:
-Detente,
Gerard de Venteillon, y te contaré un secreto, y una
vez que lo conozcas, olvidarás la devoción a
Cristo, y olvidarás a tu hermosa novia de mañana,
y le volverás la espalda al mundo y al mismo sol sin
resistencia y sin pesar.
Y las
que han provocado la polémica:
Traducción
de Arturo Villarrubia para Edaf
No había
título, no había fecha, y el escrito era una
narración que comenzaba casi tan abruptamente como
terminaba. Trataba de un tal Gerardo, conde de Venteillon,
quien, en la víspera de su boda con bella y renombrada
demoiselle Eleanor des Lys, se había encontrado en
el bosque, cerca de su castillo, con una extraña criatura
medio humana, con pezuñas y cuernos. Ahora bien, como
la narración explicaba, Gerardo era un joven caballero
de valor probado, al mismo tiempo que un buen cristiano; así
que, en el nombre de nuestro Salvador, Jesucristo, ordenó
a la criatura que se detuviese y explicase lo que era.
Riéndose
estruendosamente en el crepúsculo, el extraño
ser hizo cabriolas frente a él y gritó:
-Un sátiro
soy, y tu Cristo es menos para mí que las malas hierbas
que el patio de tu cocina crecen.
Asqueado
ante semejante blasfemia. Gerardo habría desenvainado
su espada y dado muerte a la criatura, pero ésta gritó
de nuevo diciendo:
-Conténte,
Gerardo de Venteillon, y un secreto te contaré que,
conociéndolo, olvidarás la adoración
de Cristo y a tu hermosa novia de mañana, y al mundo
la espalda darás y al propio sol sin dudas ni arrepentimientos.
Traducción
de Román Goicoechea para PulpEdiciones
No había
título, no había fecha, y el escrito era una
narración que comenzaba casi tan abruptamente como
terminaba. Trataba de un tal Gerardo, conde de Venteillon,
quien, en la víspera de su boda con bella y renombrada
demoiselle Eleanor des Lys, se había encontrado en
el bosque, cerca de su castillo, con una extraña criatura
medio humana, con pezuñas y cuernos. Ahora bien, como
la narración explicaba, Gerardo era un joven caballero
de valor probado, al mismo tiempo que un buen cristiano; así
que, en el nombre de nuestro Salvador, Jesucristo, ordenó
a la criatura que se detuviese y explicase lo que era.
Riéndose
estruendosamente en el crepúsculo, el extraño
ser hizo cabriolas frente a él y gritó:
-Un sátiro
soy, y tu Cristo es menos para mí que las malas hierbas
que el patio de tu cocina crecen.
Asqueado
ante semejante blasfemia. Gerardo habría desenvainado
su espada y dado muerte a la criatura, pero ésta gritó
de nuevo diciendo:
-Conténte,
Gerardo de Venteillon, y un secreto te contaré que,
conociéndolo, olvidarás la adoración
de Cristo y a tu hermosa novia de mañana, y al mundo
la espalda darás y al propio sol sin dudas ni arrepentimientos.
Ejemplos
de La muerte del Doctor Isla
Se ofrece
sólo el poema inicial y el comienzo. Se invita a cotejar
ambos libros para comprobar que las traducciones son prácticamente
idénticas. En este caso, incluso en detalles significativos
como el poema, el haber mantenido el adjetivo antes del nombre
en “oscuros ojos” o “cicatrizada cabeza”
(en inglés, el adjetivo va colocado antes que el sustantivo;
en español es mucho menos habitual), el uso del verbo
“obturar”, en vez de un sinónimo, etc.:
Comienzo
de La muerte del Doctor Isla en la versión de Victoria
Lentini y Octavio Freixas (en el volumen Las ruinas de
mi cerebro, Caralt).
He deseado
ir
donde no falten las primaveras,
a los campos donde los insectos no piquen
ni molesten, y se mezan unos cuantos lirios.
He pedido estar
donde no estallen tormentas
donde los prados crecen en los mudos cielos
y lejos del vaivén del mar.
Gerard Manley Hopkins
Un grano
de arena, oscilando al borde de un pozo, se agitó y
cayó dentro; en el fondo, la hormiga león surgió
furiosa. Durante un momento todo quedó en silencio.
Luego, el pozo y un metro cuadrado de arena que lo rodeaba
se agitaron como borrachos mientras dos cocoteros se inclinaban
para mirar. La arena se amontonó en el borde y surgió
la cicatrizada cabeza de un muchacho –una maraña
de cabello castaño le cubría casi las suturas.
Con los oscuros ojos dilatados, se detuvo; el cuello, justo
donde había estado la hormiga león y como aguijoneado
desde abajo, saltó hacia la playa, se volvió
y arrojó la arena a puntapiés dentro del hoyo
donde había emergido y lo obturó por completo.
El muchacho aparentaba unos catorce años.
Comienzo
de La muerte del Doctor Isla en la versión de M. Blanco
(El gran tiempo/La muerte del Doctor Isla, PulpEdiciones,
colección Double)
He deseado
ir
donde no falten las primaveras
a los campos donde los insectos no piquen
ni molesten, y se mezan unos cuantos lirios.
He pedido estar
donde no estallen tormentas
donde los prados crecen en los mudos cielos
y lejos del vaivén del mar.
Gerard Manley Hopkins
Un grano
de arena, oscilando al borde de un pozo, se agitó y
cayó dentro… En el fondo, la hormiga león
surgió furiosa. Durante un momento todo quedó
en silencio. Luego, el pozo y un metro cuadrado de arena que
lo rodeaba se agitaron como borrachos mientras dos cocoteros
se inclinaban para mirar. La arena se amontonó en el
borde y surgió la cicatrizada cabeza de un muchacho.
Una maraña de cabello castaño le cubría
casi las suturas. Con los oscuros ojos dilatados, se detuvo;
el cuello, justo donde había estado la hormiga león
y como aguijoneado desde abajo, saltó hacia la playa,
se volvió y arrojó la arena a puntapiés
dentro del hoyo de donde había emergido y lo obturó
por completo. El muchacho aparentaba unos catorce años.
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