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Tormenta
de espadas
George
R.R. Martin
Gigamesh
(2005)
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25
de mayo de 2005
Prólogo de Tormenta de espadas
La
tercera parte de Canción de hielo y fuego (George R.R.
Martin) la más exitosa saga de fantasía en estos
momentos, está dividida en dos tomos: nada menos que
1.200 páginas han obligado a la editorial Gigamesh
a tomar dicha medida. A punto de llegar a las librerías
españolas, reproduzco el prólogo que he escrito
para su primera edición.
Para desgracia
de muchos, no hay mejor veredicto para un libro que el respaldo
masivo de los lectores, ya sean presentes o futuros. Si son
presentes, el libro será un triunfo del marketing o
del boca a boca. Si son futuros, un clásico.
George
R.R. Martin pertenece a la estirpe más noble de novelista:
el que cuenta grandes historias que son, al mismo tiempo,
historias grandes. En estas últimas décadas
post-heroicas, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial,
la intelligentsia literaria no simpatiza con la épica
ni con los personajes de ánimo expansivo, sino con
la lírica y la introspección, por lo que las
grandes historias/historias grandes han quedado relegadas
a la cajonera del tiempo o —horror de los horrores—
a las estanterías de los best-sellers. El
paisaje interior desolado, yermo, sustituyó años
ha a las grandiosas llanuras del western o a las
montañas y valles y los mares infinitos de la aventura.
Pero la situación está cambiando.
Los libros
de Martin han recibido hasta el momento el doble veredicto
de los lectores pasados y presentes, que eran los presentes
y futuros hace años. Muerte de la luz, un
potente condensado de narrativa desgarrada y aventura en bruto,
es un clásico desde hace años, mientras que
Una canción para Lya o Sueño del
Fevre son referentes difícilmente eludibles de
esta nueva primavera de la literatura de géneros (fantasía,
terror) que vivimos en la actualidad. Frutos de la pluma de
un escritor tan dotado para la estructura como poco proclive
a veleidades de estilo juguetonas o gratuitas.
Y es que
en la obra de Martin todo es estructura, más que pasión,
de la que también anda sobrado. De ahí que tarde
tanto en completar cada tomo de esta saga Canción de
Hielo y Fuego, para irritación de lectores que calman
su hambre en enrevesadas discusiones en foros y listas de
correo en Internet. A pesar de que cada libro ronda las mil
páginas, ninguna de ellas parece estar de más
y, si bien es cierto que Martin se recrea en las peripecias
como gancho principal para el lector, no lo es menos que sería
difícil prescindir de alguna de ellas sin que el conjunto
se resintiese.
Leí
el primer tomo de Canción de Hielo y Fuego llevado
por la curiosidad y por el entusiasmo de Luis G. Prado (de
Bibliópolis), Alejo Cuervo y Álex Vidal (de
Gigamesh). Ninguno de ellos simpatiza con las sagas de fantasía
de corte seudomedieval que inundan las librerías de
todo el mundo, así que era más que probable
que aquellos tomos de aspecto imponente (¿quién
tiene ánimo hoy en día para comenzar una historia
que, previsiblemente, superará las siete mil páginas
de extensión?) escondiesen algo muy valioso. Y vaya
si lo escondían.
¿Cuál
es la clave del éxito de Martin? Es difícil
de explicar. Creo que se basa en primer lugar en su habilidad
para aplicar a la fantasía las reglas del folletín
más desprejuiciado y mejor construido, ese tipo de
narración que agarra al lector del cuello y le corta
la respiración, lo hace partícipe de un mundo
tridimensional y multicolor y espolea su complicidad con los
imposibles que salpican la trama. Además, al haber
optado por la sucesión de puntos de vista para hacer
avanzar la acción, Martin permite la identificación
de los lectores con alguno de sus múltiples personajes
protagonistas. Un recurso no por populista menos eficaz.
Pero Canción
de Hielo y Fuego no es sólo un folletín sino
también, y esto es fundamental, una novela histórica
de aventuras situada (paradojas) en un universo imaginario.
Es difícil expresar la alegría que sentí
cuando el propio Martin recomendó en su página
web la lectura de la también monumental saga sobre
la Roma republicana de Colleen McCullough, cuya inicial y
magnífica entrega es El primer hombre de Roma.
Y es que ése fue el primer referente claro que se me
vino a la cabeza cuando sólo llevaba unas cincuenta
páginas de Juego de tronos, que da inicio
a la llegada del invierno a Poniente. El segundo fue Bernard
Cornwell (la serie del Señor de la Guerra en particular)
y, en general, la nueva hornada de escritores de novela histórica,
que comparten con Canción de Hielo y Fuego el gusto
por la brutalidad y la absoluta falta de escrúpulos
a la hora de eliminar personajes a priori fundamentales para
el desarrollo de la historia. Por supuesto, al cóctel
hay que añadir algunos elementos del mundo real, como
la inspiración más o menos directa en la guerra
de las Dos Rosas, que enfrentó a los Lancaster y los
York por la hegemonía en la muy compleja Inglaterra
del siglo XV (la propia casa de Lancaster había sufrido
un enfrentamiento interno entre facciones rivales años
antes del estallido de ese conflicto). Combinación
ganadora, pues.
Intriga
política, aventura, personajes ambiguos guiados por
ambiciones y pasiones incontroladas, un poco más de
magia en cada volumen (lo que parece vaticinar una explosión
pirotécnica hacia el final de la serie), grandes batallas,
duelos y muertes impredecibles. El invierno que se acerca
y la presencia creciente de una amenaza ante la que la única
defensa es la gigantesca muralla en el Norte, custodiada por
un diminuto contingente de soldados monje... ¿Quién
puede pedir más? Yo no, desde luego. Soy súbdito
de Poniente desde hace años.
Publicado
originalmente como prólogo de Tormenta de espadas.
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