
Paul
McAuley
El beso de Milena
La Factoría de Ideas
2001
|
18
de junio de 2003
Post-Cyber-Punk
Artículo
originalmente aparecido en Gigamesh
Si la
memoria no me falla, fue el editor de la revista Gigamesh,
en la presentación de la colección de libros
que lleva el mismo nombre, hizo una razonadísima defensa
de la midlist, aquellos libros de género de
tirada media que destacan sobre el 90% de basura del que hablaba
Sturgeon en tiempos, pero que nunca alcanzan el ansiado título
de superventas. Escudriñando más allá
de los best-sellers, La Factoría de Ideas se ha lanzado
a una carrera que, por lo que parece, la está conduciendo
con éxito a hacerse con un enorme porcentaje del mercado
español de ciencia ficción, disputándole
a Alejo Cuervo (editor de Gigamesh) la hegemonía sobre
la citada midlist. Y no sólo por novelas más
o menos oportunistas y/u olvidables, como las cosillas que
de cuando en cuando le da por escribir a Robert J. Sawyer,
sino por textos de cierta originalidad, como Fairyland
(aclaremos que este libro ha conocido varias ediciones, por
lo que su pertenencia a la midlist se puede discutir; pero
presupongo que sus ventas no han sido ni una décima
parte de las del último e innecesario novelón
de Ender).
El resultado
más o menos satisfactorio de cualquier novela depende
de que su ejecución esté acorde con las ambiciones
de su autor al escribirla. Si nos guiamos por este pequeño
axioma, Fairyland (o, lo que es lo mismo, El
beso de Milena, un título que no me desagrada,
pero que es menos impactante que el original) es una novela
fallida e interesante por la misma razón: el exceso.
El futuro del que nos habla está poblado de mendigos
que vomitan sus entrañas en las esquinas de los hogares
ruinosos habitados por neoproletarios expulsados de un sistema
hostil; un mundo que relega a los que no poseen «empleabilidad»
a un ostracismo criminal, de piratas que se dedican a intercambiar
líneas de código genético para fabricar
bacterias y virus portadores de males inmundos o de beneficios
que sólo pagarán los de las capas sociales más
altas. Al mismo tiempo, McAuley idea unas relaciones sociales
enfermas de indiferencia: el esclavismo de las «muñecas»,
dignas sucesoras de los replicantes y robots con alma de los
clásicos, a los que homenajea y actualiza sin pudor,
supone un retorno inquietante a los vicios de un modo de producción
olvidado. McAuley lo narra todo en un tono amenazador, de
prosa densa y lenta.
Desafortunadamente,
el exceso de horror satura el aguante de cualquiera porque
el autor es incapaz de equilibrar las descripciones de ese
mundo insano y árido con el desarrollo de unos personajes
cuyo nivel de tormento interior esté acorde con lo
que los rodea. Tanta tristeza ambiental en tan poco espacio
y sin víctimas bien definidas acaba por provocar indiferencia,
sobre todo si tenemos en cuenta que McAuley tiene miedo de
llevar al límite las consecuencias que los avances
que describe deberían tener sobre el tejido social,
y las sustituye por una colección de pequeños
detalles biotécnicos, económicos y políticos
superficiales, en vez de procurar coherencia para su universo.
La odisea de Alex Sharkey, una especie de ingeniero biológico
clandestino, brillante y solitario, en pos de Milena por Londres,
París y Albania (lugares que marcan las tres partes
en las que se divide el texto) es, al mismo tiempo, interesante
porque la capacidad de McAuley para introducirnos en sus paisajes
de barroquismo gótico (no nos alarmemos por este sacrilegio
conceptual: las referencias a una especie de arquitectura
gótica de decadencia, ultrarrecargada, es obligatoria
en cualquier novela distópica que se precie en los
últimos años...) es notable, y muchas de sus
páginas hacen pensar que no pretende colocar la última
lápida del Ciberpunk, sino reinventarlo.
Si el
Ciberpunk fue el revulsivo que en los ochenta carcomió
los cimientos de un género moribundo y que ahora, convertido
en el cascarón de lo que fue en los ochenta y noventa,
agoniza a su vez en una orgía de gafas oscuras y atrezzo
de film sadomaso, Fairyland posee la entidad suficiente
como para considerarse primer balbuceo del Biopunk, o Genopunk,
o como cada cual quiera denominarlo, que puede que recoja
las inquietudes y esperanzas que tiñen el presente.
La revolución génica, con todos sus imprecisos
futuribles, impregna los temas de la cf desde hace décadas,
pero Fairyland va un paso más allá de la mera
especulación médica, a pesar de que McAuley
no priva al lector tecnófilo de verborrea hard (no
demasiado bien traducida, ay: aparece la «transcriptasa
reversa», cuando lo más común, que yo
sepa, es «transcriptasa inversa»). McAuley trasciende
el hard y la cf sociológica; no las abandona, como
demuestra el batiburrillo de influencias y préstamos
que exhibe, sino que las incorpora en su hábil fresco
onírico: Fairyland, una vez establecido un marco de
dark future algo manido, gracias al uso preciso de
ciertas imágenes de enorme fuerza, especialmente en
su parte central, con esa ciudad feérica convertida
en parque de atracciones-hogar por las hadas, acaba por convertirse
en un libro que sugiere más de lo que da, una especie
de triunfo diferido que las próximas décadas
considerarán precursor de su presente.
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