
Stepven
Harriman
Sleeper
Berkley Publishing Group
2003
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2
de septiembre de 2003
Monstruos asesinos contra marines lisiados
Artículo
también publicado en Bibliópolis
Existen
dos clases de libros –bueno, hay más de dos,
pero en este caso vamos a resumir–: los que describen
a una mujer diciendo que “se parecía a Sandra
Bullock” y dejan a la imaginación del lector
el resto de los detalles, y los que no. La protagonista de
Sleeper se parece a Sandra Bullock. También
sabemos que es herpetóloga –experta en reptiles
y anfibios–, y que tiene un padre con demencia senil.
Ah, y se enamora del otro protagonista, un militar con un
brazo mecánico, y ambos se ven obligados a recurrir
a los Navy SEALs cuando un híbrido de humano y dinosaurio,
creado (cómo no) por los nazis, despierta en las profundidades
del Pentágono y comienza a devorar obreros que trabajan
en la reconstrucción del edificio tras los atentados
del 11 de Septiembre, y deben resolver la crisis rápidamente
porque el Presidente y el Ministro de Defensa rusos van a
visitar el complejo y... y...
No voy
a ocultar que Sleeper es, como obra
literaria, más bien tirando a pobre. Sin embargo, oigan,
uno tiene derecho a satisfacer sus debilidades. Como Fernando
Savater (lo cuenta en sus memorias), adoro las novelas de
bichos asesinos. No me puedo resistir a ellas. Me he leído
todo lo que se ha publicado de Peter Benchley después
de Tiburón (tiene una novela
sobre un devorador submarino... ¡creado por los nazis!
¿Por qué siguen recurriendo a Hitler cuando
tienen a al-Qaeda tan cerca?). También consumí
hace años un engendro titulado MEG, de un
sujeto que para describir cualquier cosa te daba sus medidas
exactas (“el megalodon, de treinta metros de longitud,
enfiló la lancha, de diez metros, y recorrió
a toda velocidad la media milla que...”). La escasez
de títulos en castellano me conduce, en tiempos de
síndrome de abstinencia, a resignarme al esfuerzo –pequeño:
no son obra de Ian McEwan- de leerlos en versión original.
¿Y
qué tal con Sleeper? Pues tan ricamente: se
lee de una gozosa sentada, da los giros argumentales justos,
unos cuantos sustillos, persecuciones por los túneles
subterráneos bajo el complejo militar más grande
del mundo, unas lagrimillas aquí y allá por
aquello de honrar a los caídos en pos del engendro
mutante, y ya está. Trescientas y pocas páginas
de despiporre y diversión sin complejos, como los ministros
alférez de nuestro Gobierno. Como toda novela con vocación
de best-seller, no es más que un guión
cinematográfico ingenioso con unos cuantos incisos
“de ambientación”. Tiene su introducción
sangrienta- tampoco en exceso, se supone que es un libro para
el gran público-, el nudo, en el que se van desenmarañando
Las Oscuras Conspiraciones De Los Servicios Secretos Nazis,
y su clímax, bastante poco común en este tipo
de relatos, puesto que el monstruo no muere cuando el héroe
hace explotar la dinamita/bote de oxígeno que milagrosamente
ha ido a parar a su boca (al comerse al partenaire
gracioso, por ejemplo), sino que hace mutis de una manera
bastante más sutil, y hasta diríamos que entrañable.
En resumen:
es un libro barato, y si regresó usted a la adolescencia
con The Relic (novela de Douglas Preston y Lincoln
Child y consiguiente película), Deep Blue Sea,
Mimic o Deep Rising, no lo dude. Únase
al club de los que añoramos tiempos mejores en los
que los asesinos de los cuentos de miedo no eran sólo
émulos de Hannibal Lecter.
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