
Robert
Holdstock
Celtika
Timun Mas
2003
|
15
de enero de 2005
Mestizo por norma
Artículo
originalmente aparecido en Gigamesh
No recuerdo
quién fue el que dijo que una de las características
de la producción cultural posmoderna se basa en la
sátira, en el plagio o en el mestizaje de tradiciones
canónicas desde la veneración absoluta o desde
la irreverencia, tanto da; cualquier cosa antes que arriesgarse
a explorar nuevos grandes asuntos, tan denostados en esta
bacanal de narcisismos intrahistóricos en que se nos
ha convertido la literatura al cabo de un siglo. La fantasía
no es ajena a la fuerza de la corriente; ahí están
los múltiples pastiches, spin-offs acrónicos
y aventuras compartidas por Capitán Trueno y Roberto
Alcázar, un suponer, puestos a evocar titanes patrios.
Otros convierten a Van Helsing en un Neo con gorro de Solomon
Kane. Todo con tal de orbitar sobre lo mismo.
Y por
ahí va Holdstock. A la espera del
regreso triunfal de su celebérrimo Bosque
Mitago (próximamente de nuevo en el mercado
español), bien sirve Celtika
para comprobar cuán posmodernas son las raíces
de este británico gamberro e impredecible, acostumbrado
a forzar hasta extremos imposibles, incluso perversos, la
frágil arcilla de los mitos. Es sencillo explicar,
pues, por qué Celtika enganchará al
ahíto de fantasías clon. Sin embargo, paradojas,
no es descabellado que ese mismo lector decida abandonar la
aventura a medio camino. Ambos extremos son compatibles. Y
es que el cócel que propone Holdstock es tan sugerente
como arriesgado, satisfactorio y extenuante al mismo tiempo.
¿Cómo no afirmarlo de un relato que se atreve
a hermanar tradiciones con tanta alegría, que es capaz
de convertir al Merlín del mito en un argonauta o de
hacer que el buque de Jasón recorra las aguas del Rin…?
No le
falta valor. No sólo por ese motivo sino porque afrontar
una nueva revisión de la saga artúrica a estas
alturas es un riesgo. Demasiados son los libros, muchas las
series, excesivos los cuentos intrascendentes. Una empresa
semejante sólo se emprende con garantías si
se rompe desde el principio con la inercia. Lo hizo Bernard
Cornwell en la sensacional El rey del invierno, inicio
de –casualidades– otra trilogía que es
más fantasía que novela histórica, a
pesar de que relegue a la magia a un segundo plano. Holdstock
arriesga tanto como Cornwell recorriendo el camino inverso:
en su saga, la magia es omnipresente, además de adictiva
y deletérea. El resultado, si bien no tan redondo,
sí es mucho más que digno.
Un tercer
peligro para la deseable buena acogida: la trama sólo
cobra cierto sentido bien avanzada la historia, cuando comienza
a entreverse cómo se las va a arreglar Holdstock para
salvar el gran abismo que le separa del cuento que nos ha
legado la sabiduría popular (más si se continúa
con su segunda parte, El grial de hierro). La morosidad
del ritmo es adecuada para el tono, a veces solemne, a veces
moderadamente cómico. Sin embargo, hoy, cuando los
trailers de cine son a sus películas lo que el Reader´s
Digest a los libros que jibariza, en la que la información
debe transmitirse no sólo de manera inmediata sino
diáfana, la aproximación oblicua y retorcida
de Holdstock, con sus personajes que deambulan enredándose
en conflictos nacidos de una moralidad tan lejana como extraña,
será deplorada por muchos.
Como tampoco
se comprenderán los múltiples enigmas que sus
páginas plantean porque, entre otras cosas, no están
ahí para que nadie los desentrañe, sino para
inquietarnos. A pesar de que el libro está narrado
por el propio Merlín, ese mago que envejece con cada
bocanada de magia, los datos que da sobre sí mismo
son mínimos. No sólo mantiene el secreto de
sus poderes y su verdadero nombre a los seres cercanos, sino
que los escamotea también a sus lectores. Por si fuera
poco, la novela aparece bajo el sello de Timun Mas (junto
a Dragonlance o La rueda del tiempo…),
cuando estaría más cómoda bajo el de
Minotauro, con lo que el desconcierto en la audiencia puede
ser mayúsculo…
Poca épica
encontrará, pues, el lector. Hay ejércitos,
sí, hay combates y duelos, hay aventura por ríos
y tierras extrañas, criaturas que nadie recuerda ya,
pero que siguen aterrando como si viviéramos todavía
en los siglos oscuros (árboles con rostros humanos,
deidades de la espesura, espíritus que habitan en la
madera de las embarcaciones), pero todo está contado
en sordina, con los susurros tranquilizadores de quien, en
la oscuridad de una noche de invierno, cuenta las historias
que han hecho soñar a muchas generaciones de este mundo
nuestro, tan necesitado de faros guía.
|