
Vicente
Verdú
El estilo del mundo
Anagrama
2003
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15
de agosto de 2003
Ensayismo juguetón vs. filosofía
Artículo
originalmente aparecido en Bibliópolis
En el
orbe de los pensadores mediáticos españoles,
el nombre de Vicente Verdú suena y resuena por sus
periódicas y lúcidas crónicas sobre el
abanico amorfo de “lo cotidiano”. Por una parte,
es más cercano a la calle que José Antonio Marina,
por mencionar a alguien que le disputa el título oficioso
de “ensayista español de inicio de siglo”;
por otra, tiene mucha más clase que los abundantes
zotes conversos que pueblan las páginas de nuestros
periódicos y que insultan nuestra inteligencia con
encendidas proclamas contra los mitos que, antaño,
poblaban sus sueños de liberación. Verdú
es, para los que frecuentamos la prensa de pago con regularidad,
un pequeño oasis de sentido común y minimalismo
en el que purgarnos de tanto análisis velocísimo
y torpe que sufrimos con resignación casi diríamos
que fructuosiana. Valga este primer párrafo para anticipar
por qué El estilo del mundo me ha supuesto una pequeña
decepción.
¿Qué
ha hecho Verdú en este libro? Pues, en pocas palabras,
saltarse su propio canon. Si en sus regulares columnas periodísticas
y en libros anteriores (El planeta americano,
también en Anagrama), se centra en asuntos muy concretos,
aun teniendo siempre como fondo un poso ideológico
muy claro, El estilo del mundo aspira a convertirse en una
summa analítica sobre los pilares del mundo actual.
Demasiada ambición para tan poca sustancia final, me
temo, porque aventurarse en estos tiempos de conocimiento
inevitablemente fragmentario y especializado a escribir un
libro totalizador es, cuando menos, una locura. Primer flanco
débil de Verdú, pues: al abandonar su tradicional
modestia interpretativa en favor de un pretencioso discurso
muy del gusto del actual ensayismo europeo-continental (luego
volveremos sobre él), cae en superficialidades como
afirmar que “la pretensión de un conocimiento
inédito ha desfallecido hasta en las ciencias positivas,
y en general pocos creen que quede algo de verdad importante
por desvelar” (pág. 142) ¿Cómo,
si no es por un descuido impropio de quien se pretende escritor
serio, se puede soltar semejante disparate cuando, por ejemplo,
las neurociencias se encuentran todavía en su amanecer?
No se puede plantear una teoría del todo sin conocer
en profundidad las partes.
La tesis
central del libro de Verdú es simple y posee gran pregnancia
-disculpen los gestaltistas por el bastardeo- como toda buena
idea-fuerza (usemos la terminología del marketing,
muy apropiado para el ensayo posmoderno, tan preocupado por
el impacto inmediato): al capitalismo de producción
(XIX y principios del XX) y al de consumo (hasta los años
80 del pasado siglo), le sigue el “capitalismo de ficción”,
simpático, divertido, que aspira a “convertirnos
a todos en colegas”, en vez de en meros “consumidores”,
con todo lo que ello conlleva de simplificación, infantilización
del individuo y homogeneización de todo lo homogeneizable.
No es algo muy novedoso, sobre todo para quien tenga empacho
de Lipovetsky (El imperio de lo efímero),
Baudrillard (todo: desde De la seducción hasta
La transparencia del mal), Finkielkraut (La derrota
del pensamiento), Hughes (La cultura de la queja)
o Sartori (Homo Videns) autores y libros en los que
Verdú se inspira -dicho sea con toda la ironía-
sin piedad ni pudor para conformar un texto que se lee con
la fluidez de una novela veraniega. Verdú intenta que
no se le escape nada, y si comienza hablando de la metástasis
de las marcas, de la evaporación y fusión de
culturas y costumbres, de la diversión como fuerza
alienante, pronto pasa a la customización de las creencias
religiosas, cada vez más extendidas en formas light
(“un Dios para cada individuo”), de la muerte
(en la parte más interesante del libro), de la seguridad
como antítesis de la libertad, de lo divino, de lo
humano y de lo de más allá. Y todo nada menos
que en sólo trescientas páginas... ¿Hay
quien crea que un barco con tan frágiles casco y velamen
pueda llegar a buen puerto? Pues no, la verdad es que ni siquiera
enfila la bocana.
La estirpe
a la que pertenece El estilo del mundo comparte naturaleza
con los hechos que pretende denunciar. Sus autores engolan
la voz para denunciar la “era del vacío”,
la “ética indolora”, el “conocimiento
lúdico”, como males de un mundo que ha abandonado
las adustas y severas ideologías decimonónicas
en favor de un hedonismo sin rumbo. ¿Ofrecen a cambio
estudios basados en una documentación exhaustiva, en
una reflexión serena, en datos empíricos obtenidos
de investigaciones serias? No: muy al contrario, son productos
de su tiempo, apresurados e histéricos, equívocos
y poco rigurosos (es de obligada lectura Imposturas intelectuales,
una ácida crítica de la alegría con la
que los “filósofos” posmodernos usan el
lenguaje de la ciencia, con resultados a veces hilarantes).
El libro de Verdú es puro ensayismo, en el peor sentido
del término. Como un picaflor que se aburre cada poco,
salta de asunto en asunto sin detenerse apenas, trazando pinceladas
basadas ora en notas periodísticas de escasa credibilidad,
ora en comparaciones hábiles, pero faltas de contenido:
usar la película Monstruos S.A. como “alegoría
del cambio sobrevenido por el capitalismo de ficción”
(pág. 273), que antes se alimentaba de “gritos”
y hoy, de “risas”, es llamativo como chascarrillo
en una conversación de cafetería, pero no en
algo que deba publicar la muy seria Anagrama en la todavía
más seria colección Argumentos. O mencionar
las tiras para sujetador “invisibles” como metáfora
de la “transparencia total” que se exige con vehemencia
a toda empresa e institución y que, por lo visto, a
todos nos roba la intimidad... En suma: un desperdicio de
esfuerzo por parte de un autor que da sus mejores resultados
cuando apunta más bajo.
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