
Eric
Schlosser
Fast Food
(Fast Food Nation)
Grijalbo
2002
|
18
de junio de 2003
Comida basura, sistema basura
Artículo
originalmente aparecido en Bibliópolis
Dentro
del género que podríamos llamar ensayo antiglobalización
(con todas las reservas que sobre este polisémico y
resbaladizo término se quieran hacer) existen dos clases
de libros. Por una parte, están los que desarrollan
argumentos doctrinales extraídos de un batiburrillo
que aúna el marxismo ortodoxo con el proteccionismo
tradicional y le añaden unas gotas de rebeldía
sesentayochista. Por otra, están los que, centrándose
en un área concreta de los males que la globalización
capitalista provoca, realizan exhaustivas investigaciones
sostenidas con datos empíricos. Ni que decir tiene
que los textos más útiles para el activismo,
los más impactantes y, por ello, los más apreciables,
son estos últimos.
Fast
Food es un texto militante que pertenece a este segundo
subgénero. Parte de una investigación en la
que su autor, el periodista Eric Schlosser, comienza con la
anécdota (la producción y comercialización
de comida basura) para extraer la categoría (la forma
en que, como consecuencia del auge de un tipo de relaciones
laborales muy concreto, en el futuro se producirá y
comercializará todo): se dedica durante meses a recorrer
los sucesivos pasos del sistema de procesamiento cárnico
norteamericano. Esta peregrinación le conduce por restaurantes
de comida rápida que pagan salarios de miseria a inmigrantes
irregulares, por mataderos de inhumanidad monstruosa, e incluso
por los pasillos del Congreso, en los que se citan los magnates
de la industria para negociar con los políticos prebendas
y exenciones fiscales, generalmente bajo la amenaza de trasladar
sus plantas a otros estados más receptivos a sus exigencias.
La principal
preocupación de Schlosser son las prácticas
laborales de las empresas de comida rápida y, por extensión,
la de todos los sectores productivos relacionados con ellas.
Contrapone un modelo social de seguridad en el trabajo -que
no significa rigidez-, con formación constante, y motivación
y salarios suficientes, a el tipo de ocupación que
las multinacionales del sector ofrecen: pagas a un paso de
la pobreza, formación y promoción real nulas
(una práctica habitual es crear una ilusión
de promoción interna ideando escalafones ficticios
que no suponen aumento salarial alguno), y regulaciones estrictas
del tiempo de producción, que nos retrotraen, en plena
época del trabajo creativo, al taylorismo de manual.
El trabajador de McDonald´s (o de Burger King, o de
Wendy´s...) tiene los tiempos marcados con una precisión
extenuante, y siente una especie de satisfacción absurda
si logra servir un menú en 50 segundos en vez de consumir
los 54 que tardó con el anterior.
Los empleados
de los restaurantes-basura, además, son los más
"flexibles" del primer mundo. Un hecho curioso,
evidenciado en el libro de Schlosser, es que el imperativo
de flexibilidad laboral absoluta no es una consecuencia directa
de la tiranía del mercado, como tantas veces hemos
leído en las soflamas de los portavoces del pensamiento
ortodoxo, sino una estrategia meditada y de lógica
aplastante para eliminar cualquier atisbo de reivindicación
(en el libro se narran bastantes casos de prácticas
antisindicales cimentadas en el miedo de los empleados a perder
su magro jornal). "Flexibilidad" significa ni más
ni menos que despido libre seguido de las peores condiciones
de subsidio por desempleo posibles para que el trabajador
se vea obligado a regresar al mercado cuanto antes, con el
fin que su ausencia no contribuya al aumento de los salarios
por encima de la inflación (pura ley de oferta y demanda;
por eso desde el sector hostelero español se solicitan
con tanta vehemencia cupos generosos de inmigrantes: para
eludir la mano invisible que dicta que, si te faltan trabajadores,
lo que debes hacer es elevar los sueldos o mejorar las condiciones
del empleo). Las anteriores frases podrían convertirme,
a la vista de cualquier centrista de nuevo cuño, en
un progre trasnochado, término tan zureado por Aznar.
Yo pensaba eso mismo hasta que decidí informarme de
lo que se pergeña en ciertos foros y me di una vuelta
por la web del Círculo de Empresarios, en la que, entre
otros muchísimos artículos de gran interés,
se incluyen varios monográficos sobre la sucesivas
reformas laborales que condujeron al actual marco de "flexibilidad
y crecimiento". En uno de ellos, titulado Un año
de reforma laboral: un camino apenas iniciado, que data del
13 de julio de 1995, se dice: "(...) como enseña
el teorema del salario de eficiencia, el nivel medio de desempleo
es tan alto porque la amenaza de despido por causa justificada
no es lo suficientemente seria como para provocar que los
trabajadores desempeñen con mayor eficiencia su trabajo
y ajusten sus demandas salariales a la realidad. En este sentido,
un despido menos costoso y más ágil es un estímulo
para elevar la productividad y el empleo". Todos los
estudios están en la misma onda. Que cada uno saque
sus conclusiones.
La flexibilidad
laboral a la que se refiere Fast Food tiene dos caras.
Por una parte, permite a las empresas "redimensionar"
(el palabro no es mío) sus plantillas para adaptarse
a los vaivenes del mercado. El lado negativo ya lo conocemos:
arbitrariedad en los despidos, prácticas mafiosas de
baja intensidad (no renovación de contratos temporales
como represalia por conatos de asociación y similares),
presión a la baja de los sueldos, etc. ¿Cómo
conciliar las consecuencias beneficiosas con las deletéreas?
Con franqueza: lo ignoro. Pero lo que es claro es que, hasta
la fecha, las segundas se han mostrado con toda su crudeza.
Schlosser lo ejemplifica en muchas páginas del libro.
Así, transcribe parte de una audiencia federal en la
que el jefe de relaciones laborales de IBP (una industria
cárnica) explica las "ventajas de tener un elevado
índice de rotación: (...) encontramos que hay
muy poca correlación entre rotación y rentabilidad...
Por ejemplo, los seguros, como usted sabe, son muy costosos.
Los seguros no se ponen a disposición de los nuevos
empleados hasta que llevan trabajando allí un período
de un año o, en algunos casos, de seis meses. Las vacaciones
no se devengan hasta el segundo año. Francamente, hay
unos cuantos ahorros derivado de contratar a nuevos empleados"
(p. 221).
Fast
Food es un texto recorrido por un asombro profundo. Es
el asombro de todo aquel acostumbrado a leer solemnes declaraciones
en favor del libre mercado para descubrir, tras una observación
directa de la realidad que "durante las últimas
dos décadas, la retórica del libre mercado ha
ocultado cambios en la economía del país (EEUU)
que guardan muy poca relación con la auténtica
competencia o la libertad de elección" (p. 346).
Y es que "a pesar de su oposición pública
a cualquier interferencia gubernamental en el funcionamiento
del libre mercado, la IFA (Asociación Internacional
de Franquicias) apoya desde hace tiempo programas que permiten
a las cadenas de comida rápida expandirse utilizando
créditos respaldados por el gobierno" (p. 147).
Schlosser se explaya con dichos créditos y subvenciones
públicas e ilumina, de esta manera, una de las grandes
paradojas de nuestra contemporaneidad: en situaciones de bonanza,
debe mantenerse el libre flujo de bienes y servicios para
que la competencia mantenga los precios y los salarios contenidos
en una franja razonable, a pesar de que ambos gocen de pequeños
avances debido al desarrollo general de la economía.
En situaciones de crisis, sin embargo, lo público debe
inmiscuirse en lo privado para distorsionar la libre competencia
e impedir que ésta destruya empresas inviables o con
poco margen para el crecimiento. Hay abundantes ejemplos de
esta profunda grieta entre teoría y práctica.
La última, la guerra de aranceles entre EEUU y Europa.
El libro
se ocupa también de los efectos sobre la salud: analiza
la forma en que se crean los sabores de los productos, habla
del crecimiento exponencial del índice de obesidad
en las generaciones más recientes y, lo más
curioso, relaciona el volumen de ingesta de este tipo de comidas
con el nivel de renta. La obesidad por una alimentación
rica en grasas, sugiere Schlosser, es un mal que afecta en
mayor medida a las capas más bajas de la sociedad.
La comida basura es abundante y barata: sacia por pocos dólares.
También es perjudicial, pero, como afirma Schlosser
que dijo un ejecutivo en el XXVI Intercambio Anual de Empresas
Operadoras de Cadenas, de 1997, "y por si las cosas no
fueran bastante bien, los consumidores también han
abandonado cualquier pretensión de querer comida sana"
(p. 317). Por si fuera poco, el texto nos conduce a lo más
profundo de la cadena de producción que hace que en
una hamburguesa se concentre carne de unas cuantas decenas
de vacas. Los capítulos dedicados a las plantas de
procesamiento son de lo más inquietante que he leído
en mucho tiempo.
Schlosser
concluye su libro con propuestas constructivas y bastante
razonables: mayor control higiénico y sanitario de
los alimentos. Supervisión de las condiciones de trabajo
en las plantas de procesamiento de carne. Vigilancia extrema
para que la explotación impune de la inmigración
ilegal no exponga a la mano de obra no cualificada a la pobreza,
etc., etc., etc. No es el rasgarse las vestiduras de un extremista
rompelunas con pañuelo palestino al pescuezo, sino
las esperanzadas y algo tímidas sugerencias de un ciudadano
alarmado por lo que ha visto y que todavía confía
en que la fuerza de la razón acabe por imponerse en
un presente desbocado. Vana, aunque encomiable, esperanza.
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