
Stephen
E. Ambrose
Hermanos de sangre
Salvat
2003
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25
de agosto de 2003
La epopeya de los ciudadanos en armas
Artículo
originalmente aparecido en Bibliópolis
Lo peor
de las guerras es que en ellas muere gente. Lo mejor, que
son uno de los dos principales pretextos para grandes libros.
El otro es el amor.
Un poco
de historia: en el año 1944, los aliados planeaban
caer sobre la fortaleza continental que Hitler había
construido en Europa y, para ello, además de en el
desembarco anfibio, confiaban en jugar la carta de las unidades
aerotransportadas. Hermanos de sangre
cuenta la historia de una de estas unidades, probablemente
la más famosa, la Compañía E del 506
Regimiento de Infantería Paracaidista del Ejército
de EEUU compuesta por “granjeros y mineros del carbón,
montañeses e hijos del Profundo Sur. Algunos eran pobres
de solemnidad, otros pertenecían a la clase media.
Uno venía de Harvard, otro había estudiado en
Yale, había dos de UCLA (...) Eran ciudadanos soldados”.
Estos “ciudadanos soldados” son el hilo argumental
de este relato de valor y muerte, pues la peripecia que Ambrose
describe no es la de héroes-mártires contra
el monstruo del fascismo, sino la de un grupo de hombres normales
lanzados al cumplimiento del deber. Héroes puede, pero
héroes anónimos en un ejército de iguales.
Todo el libro está impregnado de la sensación
de que, a pesar de que alguno de los individuos que lo protagonizan
pueda descollar entre el resto, siempre será con el
respaldo de sus compañeros, nunca por exclusivo mérito
personal. En este sentido, Hermanos de sangre hace
honor a su título: la camaradería primitiva
es su tema central.
Ambrose
nos guía desde los campos de entrenamiento en Estados
Unidos hasta el Nido del Águila de Hitler. Por el medio,
la Compañía E pasa por los principales campos
de batalla desde el desembarco en Normandía hasta el
final de la guerra. No es un libro antimilitarista -la idea
de “guerra justa” planea sobre sus páginas-,
pero sí coloca la guerra en su lugar exacto: los ciudadanos
soldados luchan por una causa noble, pero ello no los acoraza
contra las balas, no les impide sangrar cuando los hieren,
sufrir ante la muerte atroz de un compañero o vomitar
ante un enemigo destripado. Tampoco les impide comportarse
en ocasiones de manera vil, olvidar los viejos códigos
y lanzarse a la rapiña (antológicas son las
escenas de saqueo en el Nido del Águila), ni aprovecharse
cuando pueden de civiles incautos. Ambrose no justifica cualquier
guerra, pero tampoco la condena en toda circunstancia, lo
que resulta (sé que es impopular decirlo después
de que dos payasos siniestros y su mascota jadeante nos hayan
embarcado en una absurda) un soplo de aire fresco contra esta
forma de totalitarismo ideológico de consigna que nos
empapa (“con nosotros o contra nosotros”, “no
a la guerra”, etc.).
Cada lector
tendrá su momento de gloria preferido, hay muchos en
este libro, imbricados con los de miseria moral, tan propios
de cualquier situación en la que un grupo humano puede
ejercer el poder absoluto sobre otro, sin que medie ningún
tipo de regla o ley. Para mí, hay dos. El primero,
obvio es decirlo, es el desembarco en Normandía, narrado
con vigor y elegancia. Las anécdotas que salpican su
desarrollo son interesantes: Ambrose se basó en un
“soldado Ryan” real cuando asesoró a Spielberg
para cierta maravilla del cine bélico. El otro es la
lucha en la localidad de Bastogne. Después de describirnos
el descalabro aliado en la Operación Market-Garden,
explica con concisión maestra por qué (bueno,
más bien se pregunta por qué) la defensa angloamericana
en Europa central era tan débil en el momento en que
los alemanes desencadenaron su última gran ofensiva
de la II Guerra Mundial. La Compañía E -es una
de las secuencias más sangrientas del libro- peleó
en las proximidades de la citada ciudad belga: Ambrose nos
habla de la dificultad de dormir en los pequeños fosos
de tiradores (un metro por un metro y pico), en los que él
único consuelo que tenían los hombres que los
ocupaban durante días era “compartir el calor
corporal”, de la dificultad de aquellos jóvenes
(tanto alemanes como americanos) para luchar dentro de bosques
espesos en los que sólo veías al enemigo cuando
salía de la espesura frente a tus narices. Es difícil
no hacerse partícipe del horror de aquella gente.
Ambrose
sabe que hay un límite para la simplificación
en cualquier obra que se pretenda seria. Por eso no renuncia
a la contextualización histórica precisa, y
cada vez que nos va a arrojar a uno de sus campos de batalla,
nos pone en antecedentes. Nos muestra los hechos desde el
punto de vista de la Compañía E, desde luego,
pero no se olvida de que, alrededor de ellos, cientos de miles
de soldados idénticos peleaban en circunstancias parecidas.
Es muy de agradecer, pues en los últimos tiempos se
ha puesto de moda una forma de escribir divulgación
histórica cargada de diletantismo en la que aquel noble
objetivo de tufo opusino de “enseñar deleitando”,
corrompe los textos hasta el punto de hacerlos ilegibles para
todo el que se haya educado con algo más que con fábulas
para ejecutivos de intelecto infradesarrollado. Esta forma
de escribir puede resultar cómoda para un historiador
(e incluso para un periodista con conocimientos), pero es,
en cierta manera, un engaño para los lectores que buscan,
un suponer, un libro sobre los godos y se encuentran con un
dietario de chismes y chuscas leyendas popularizadas por cronistas
medievales narrado, además, con la tensión y
la gracia del que enumera la lista de los susodichos reyes.
Cuánto nos queda por aprender todavía...
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