
Daniel
J. Goldhagen
La Iglesia Católica y el
Holocausto
Taurus
2002
|
18
de junio de 2003
Antisemitismo vaticano
Artículo
originalmente aparecido en Bibliópolis
En ocasiones,
lo más peligroso para la integridad personal es darle
demasiado bombo a lo obvio. Daniel Jonah Goldhagen lo hizo
hace algunos años con un libro áspero, Los
verdugos voluntarios de Hitler, y no tardaron
en hacerse oír las voces que le acusaban de querer
cargar sobre los hombros de los alemanes una responsabilidad
colectiva, cuando todos sabemos que las responsabilidades
colectivas (como los derechos colectivos) son cuestión
peliaguda, porque si bien es bastante sencillo establecer
los límites de una persona (¿su piel?) no lo
es tanto hacerlo con un grupo humano, por mucha muñeira
o arriesku que bailen sus gentes. Sin embargo, Goldhagen en
aquella obra no nos hablaba de una responsabilidad global
del pueblo alemán, sino de una gigantesca acumulación
de pequeñas responsabilidades individuales que, juntas,
acababan por dibujar un fresco atroz de lo que fue la etapa
nazi. El propio Goldhagen nos recuerda el prólogo de
aquel libro:
“Puesto que el análisis aquí
efectuado recalca que cada individuo eligió la manera
de tratar a los judíos, el método analítico
es absolutamente contrario a toda noción de culpabilidad
colectiva, contra la que proporciona una argumentación
convicente.” (p. 13).
Es decir,
lo único que hace Goldhagen es olvidarse de lo que
antes eran “estructuras abstractas y fuerzas impersonales”
(¿cuántas veces habremos leído aquello
del “miedo” de los alemanes ante sus gobernantes
nazis o lo de que actuaban poco menos que “obligados”
por una propaganda de masas eficacísima...?) y centrarse
en las actitudes de los individuos. ¿Le servía
a Goldhagen la mera acumulación de anécdotas
para elevarse hasta la categoría? Pues en Los verdugos
voluntarios de Hitler, sí. Y en La Iglesia
católica y el Holocausto, también. Aunque
sus “propuestas de expiación de la culpa”
sean bastante más discutibles.
El personaje central del libro es Pío
XII, el Papa Pacelli, el más controvertido pontífice
de los últimos tiempos. Toda la primera parte está
dedicada responder a la siguiente pregunta: ¿por qué
Pío XII no intervino con energía ante la matanza
de los judíos, de la que tenía noticia? Más
en concreto: “¿Por qué Pío XII
excomulgó en 1949 a todos los comunistas del mundo,
entre ellos a millones que nunca habían derramado sangre,
pero no excomulgó a un solo alemán o no alemán
de los que sirvieron a Hitler -o incluso al propio Führer,
nacido en el seno del catolicismo- en ese cuerpo millonario
de verdugos voluntarios de los judíos?” (p.61).
Goldhagen desmonta una por una las argumentaciones que se
han usado para defender al Papa. Por una parte, niega que
eligiera “no hacer más por los judíos
porque tenía que mantener la neutralidad del Vaticano
con el fin de no poner en peligro a la Iglesia”, cuando
el Vaticano sea tal vez el estado menos neutral del mundo.
Goldhagen destroza este primer amago señalando que
el Papa condenó la invasión alemana de Bélgica,
Holanda y Luxemburgo de manera radical e inmediata, además
de protestar insistentemente contra los malos tratos que los
nazis dispensaban a los católicos (incluyendo en su
grey incluso a los judíos conversos). La Iglesia no
sólo no protestó por la “erradicación”
de los judíos, sino que incluso dio legitimidad a un
gobierno racista, belicoso y antidemocrático firmando
un Concordato, negociado cuando Pacelli era aún secretario
de Estado Vaticano.
Contra los que señalan que Pío
XII “no pudo hacer más” de lo que hizo,
o incluso que era un “personaje de su época”,
Goldhagen narra las acciones coherentes con la moral cristiana
de iglesias como la luterana danesa que, respaldada por prácticamente
todo el país, se opuso de forma sistemática
a las pretensiones de los nazis durante la ocupación
de llevarse a todos los judíos. Los luteranos escondieron
a los judíos e incluso los enviaron a países
como Suecia, donde estarían seguros. Además,
a medida que avanza el libro, va dejando caer que su dedo
acusador no va a detenerse en Pío XII, y da un repaso
a los mandatarios católicos locales de varios países,
como el obispo de Sarajevo, un ser abyecto (entre otros muchos
seres abyectos descritos) que en su periódico diocesano
de 1941 explicaba con estas palabras las razones por las que
se perseguía los judíos:
“Los descendientes de quienes odiaron
a Jesús, de los que le persiguieron hasta la muerte,
le crucificaron y persiguieron a sus discípulos, son
culpables de mayores crímenes que sus antepasados.
La avaricia judía aumenta. Los judíos han llevado
a Europa y al mundo hacia el desastre moral y económico
(...) Satán les ayudó en la invención
del socialismo y del comunismo. El amor tiene un límite.
El movimiento de liberación mundial que pretende liberarse
de los judíos pretende la renovación de la dignidad
humana. Dios, omnisciente y omnipotente, está detrás
de dicho movimiento.” (p. 119)
Lejos de ser el vómito de un demente,
el texto del obispo es uno más entre muchos otros que
Goldhagen se molesta en transcribir literalmente con el fin
de dar el siguiente paso: investigar de dónde surge
el pensamiento de todos esos miserables. Y la conclusión
no es demasiado cómoda, a pesar de ser conocida: de
la génesis de la Iglesia católica. En efecto,
como decía el cardenal August Hlond, de Polonia en
1936, la Iglesia ha percibido desde siempre “que los
judíos están librando una guerra contra la Iglesia
católica” (p.118). El antisemitismo racista es
una derivación decimonónica del religoso, convenientemente
transformado por la jerga seudocientífica tan del gusto
del XIX.
“Ahondar en el desarrollo histórico
(...) del antisemitismo eclesiástico es excavar en
el semillero ideológico del que surgieron las ideas
que alentaron a los perpetradores del Holocausto (...). El
credo cristiano [sostenía] que una vez que Jesús
había cumplido la profecía mesiánica
del judaísmo, comenzaba una nueva era que sustituía
a la judía, ahora anacrónica (...). Los judíos
habían de tornarse cristianos (...). Si los hebreos,
el pueblo de Dios, rechazaban la divinidad de Jesús
y a su Iglesia, entonces, o bien Cristo no era divino y la
Iglesia estaba en el error, o ese pueblo se había apartado
del camino dictado por Dios (...). El Evangelio según
san Juan pone en boca de Jesús las siguientes palabras
sobre los judíos: “El que es de Dios, escucha
las palabras de Dios; vosotros nos las escucháis porque
no sois de Dios”. ¿Si no eran de Dios, de quién
eran? Según Juan, Jesús reconoce la verdadera
identidad y la auténtica naturaleza de los judíos
cuando dice: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo
y queréis cumplir los deseos de vuestro padre.”.”
(p.85)
Y es que los textos están ahí
para que todo el mundo los lea, no para dejar que otros los
interpreten...
En cuanto
a afán polémico, bien fundamentado, por mucho
que les duela a ensayistas creyentes (César Vidal,
protestante, ha escrito encendidos comentarios de este libro),
La Iglesia católica... es impecable. Sin embargo,
Goldhagen patina en la segunda parte del libro, en la que
propone “soluciones” a lo que considera un desencuentro
histórico entre dos de las religiones más importantes
del mundo. No porque sus propuestas carezcan de interés,
sino porque -es mi pesimista opinión- son irrealizables.
Más allá de reparaciones morales -que las ha
habido, las hay y bienvenidas sean las que vayan viniendo-
y económicas -no tan abundantes-, Goldhagen solicita
una revisión nada menos que de los pilares fundamentales
de la doctrina católica, lo que equivaldría
a una reescritura de la Biblia y a una interpretación
crítica de los textos que quedaran sin tocar. También
llevaría a repudiar textos muy recientes, como la Dominus
Iesus (2000), que mantiene a la católica como
única religión “verdadera” y llama
a hacer discípulos en “todas las naciones”,
lo que Goldhagen considera un intolerable “imperialismo”.
O a eliminar la condena del “indiferentismo religioso”,
la creencia de que toda religión puede conducir a la
salvación. O a aceptar de buena gana el pluralismo
religioso (que admite hoy en día como mal menor).
El problema es que si uno llega a esos extremos,
¿por qué no solicitar también la revisión
de todas las religiones que, como la católica, sienten
la tentación de la hegemonía no sólo
moral, sino también política? Porque entonces
tendríamos que meternos de lleno con todos los monoteísmos
“de libro”, que, en estos asuntos, no se diferencian
tanto del católico, por mucho que éste tenga
una cabeza tan visible y vocinglera como el Vaticano. Claro
que el propio Goldhagen reconoce que “todas las religiones
propenden a la intolerancia recíproca” y, dejándose
llevar por el signo de los tiempos, que “la religión
más peligrosamente intolerante de nuestro tiempo, tanto
en general como para los judíos en particular, no es
el catolicismo, sino el Islam”, perdiendo de vista dos
hechos fundamentales: uno, que, si es cierto que el Islam
es “peligroso”, es porque existen estados teocráticos,
es decir, que dicha religión es políticamente
hegemónica en ciertas partes de la Tierra, y que cuando
otras religiones gozan del mismo estatus en otros países,
actúan exactamente de la misma manera, puesto que sus
raíces intolerantes son muy similares (es triste decirlo,
pero las religiones sólo son medianamente positivas
para la comunidad cuando sus jerarcas se sienten amenazados
por la indiferencia social). Y dos, que hablar del Islam como
de un saco impermeable en el que tienen cabida desde los wahabitas
saudíes hasta los musulmanes laicos es como mantener
que Hans Küng tiene la misma catadura moral que el obispo
de Mondoñedo, el integrista José Gea Escolano.
Muy discutible, también es la curiosa
idea que tiene Goldhagen de Israel como patria para todos
los judíos, que debe ser reconocida de hecho y de derecho
por la Iglesia católica, que hasta ahora lo considera
casi “un mal menor”: “En este mundo de estados-nación,
son solamente los pueblos que tienen un Estado-nación
los que gozan de plena protección política,
en especial cuando el estado democrático, como es el
caso de Israel. Todo el que niegue este derecho a los judíos
hoy en día sin negarlo al mismo tiempo a todos los
demás pueblos (...) es antisemita”. Pues vaya,
acabo de descubrir al antisemita que llevo dentro. Porque
una cosa es defender a Israel como estado democrático
-y no, mucho ojo, como estado democrático judío,
que es de lo que Goldhagen habla- frente al acoso terrorista
(sin suavizar las críticas a gobernantes actuales y
pasados) y otra es reconocer que los “pueblos”
tengan “derecho” a poseer estados. ¿Para
qué? Hay judíos en Estados Unidos plenamente
integrados como ciudadanos (tienen, pues, un Estado que los
acoge y defiende), hay judíos en Alemania, en Francia,
incluso en las muy católicas España e Italia,
países todos ellos democráticos y respetuosos
con la libertad y el pluralismo religiosos. Los “pueblos”
no tienen “derecho” a nada. Las personas, sí.
El propio Goldhagen cae en la trampa de la que advierte en
el prólogo de Los verdugos voluntarios de Hitler. Se
olvida de los individuos y pasa a otorgar categoría
de “existente” al colectivo.
Así,
el remate del libro es lo menos satisfactorio, por precipitado
y quimérico. Sin embargo, la línea principal
de argumentación de Goldhagen contra la Iglesia católica
y su obcecación en no arrepentirse con sinceridad de
los errores pasados pierde poca fuerza. Porque es muy sencillo
pedir perdón al mismo tiempo que se procede a la elevación
a los altares de Pacelli (tiempo al tiempo). Y es que el antisemitismo
aún ronda por los pasillos vaticanos: ahí tenemos
al moderno torquemadita Ratzinger, quien hace unos meses,
ante la ristra de casos de pederastia descubierta entre mandatarios
católicos de EEUU, acusó a la prensa norteamericana
de estar dominada por unas “fuerzas en la sombra”
que no identificaba, siguiendo el dicho aquél del entendedor
y las palabras. Porque todos sabemos qué religión
profesan presuntamente los dueños de la prensa del
imperio, sobre todo los de los diarios más influyentes,
como el New York Times...
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