
Thomas
Friedman
Longitudes and Attitudes
Penguin
2003
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24
de septiembre de 2003
De la ira al patriotismo razonado
Thomas
Friedman es columnista de asuntos internacionales del New
York Times, por lo que su trabajo ha sido bastante
intenso desde el 11 de septiembre de 2001. Longitudes
and Attitudes recopila todas sus columnas desde
el atentado de las Torres Gemelas hasta el 20 de abril de
2003, con dos añadidos de interés: nueve columnas
previas al ataque y un extenso epílogo a modo de "diario
de viajes" repleto de anécdotas sobre su periplo
por Oriente Medio, partiendo de Israel, titulado Travels
in a World Without Walls.
Lo más
interesante de cualquier recopilación de artículos
periodísticos es ver cómo evoluciona el pensamiento
del autor. En el caso de Longitudes and Attitudes
esta evolución es especialmente llamativa: los artículos
escritos con las cenizas de los aviones y del World Trade
Center todavía calientes rezuman furia y ansias de
venganza y de "justicia infinita". A medida que
pasan los días -y las columnas- Friedman matiza sus
opiniones hasta volver a ser quien siempre ha sido: una especie
de conservador moderado y razonable que muestra ocasional
simpatía por el partido Demócrata.
A pesar
de su naturaleza, el libro posee un hilo conductor
claro. Friedman es un escritor de estilo periodístico
diáfano y prefiere aferrarse a un puñado de
tesis firmes y bien argumentadas a lo largo de sucesivos escritos
que perderse en vericuetos que hagan confuso su discurso.
Una ventaja: es contundente. Pero también tiene sus
problemas: aporta pocos matices. El hilo conductor tiene dos
hebras: cómo identificar las raíces del
terrorismo y cómo dirigir la guerra para destruirlo.
Porque -bueno es ir adelantándolo- Friedman no es escéptico,
aunque sí muy crítico, con respecto a la cruzada
emprendida por la administración Bush contra ese difuso
espantajo llamado "terrorismo internacional". (No
es que no existan grupos armados abominables, sino que en
la definición neocon de terrorismo entran regímenes
y prácticas tan diversas que el propio término
se ha vaciado de contenido; una palabra omnímoda no
significa nada). En este sentido, Friedman señala que
la guerra no es sólo contra el terrorismo
internacional en sí (el síntoma), sino contra
el totalitarismo religioso (la enfermedad), especialmente
el de origen islámico, y que para eliminar al primero
hay que entender bien a qué se debe el arraigo del
segundo:
"What
is different about Islam is that while there have been a few
attempts at such a reformation (se refiere a la evolución
hacia la modernidad religiosa), none have flowered or found
the support of a Muslim state. We patronize Islam, and mislead
ourselves, by repeating the mantra that Islam is a faith with
no serious problems accepting the secular West, modernity,
and pluralism, and the only problem is a few bin Ladens. Although
there is a deep moral impulse in Islam for justice, charity,
and compassion, Islam has not developed a dominant religious
philosophy that allows equal recognition of alternative-faith
communities. Bin Laden reflects the most extreme version of
that exclusivity, and he hit us in the face with it on 9/11"
(pag. 79).
Friedman
sostiene, pues, que el "choque de civilizaciones"
no existe. Lo que sí existe -y con ello comienza
su somero estudio del terrorismo- es una guerra interna
en las sociedades árabes de Oriente Medio entre modernidad
y medievo. La histérica llamada a la guerra contra
el Islam (casi nunca explícita, aunque sí grosera
y simplista) que se ha prodigado en cierta prensa de un tiempo
a esta parte no tiene sentido: Friedman se une a la propuesta
de Michael Ignatieff en su extraordinario El honor del
guerrero: prevenir el mal futuro apoyando en serio
a los sectores reformistas y pro-occidentales dentro de sociedades
todavía no secularizadas, empobrecidas y, por si fuera
poco, sometidas a la manipulación ideológica
por parte de clérigos que explotan no la miseria física,
sino la frustración que nace de la siguiente disonancia
cognitiva: a) el Islam es, para muchos musulmanes, la versión
avanzada del judaísmo y el cristianismo, así
que b) ¿por qué los países regidos por
la moral y las leyes islámicas están entre los
más atrasados del mundo?, se preguntan sus habitantes.
Solución más sencilla de cualquier sociedad
frustrada y ultranacionalista: culpar al mundo exterior. El
chivo expiatorio más obvio es el país más
poderoso de la Tierra.
Friedman
no niega la responsabilidad de EEUU en la actual situación
del mundo árabe. Recalca que de las dos características
de los regímenes que se deben potenciar, "reformistas"
(democráticos o "protodemocráticos")
y "pro-occidentales", los gobiernos de EEUU se han
conformado sólo con la segunda. El ejemplo más
destacable es Arabia Saudí, pero también se
cometieron graves errores en el pasado, sosteniendo lo insostenible
con tal de que la contaminación comunista no se extendiera
más allá del Egipto de Nasser o el Afganistán
pre-taliban. A pesar de que la principal responsabilidad del
atraso es de los propios países islámicos, que
no han dado ningún paso en pos de la modernización
(e incluso persiguen a sus escasos intelectuales laicos),
la política exterior de EEUU ayuda poco:
"The
Bush team is advocating democracy only in authoritarian regimes
that oppose America, not in authoritarian regimes that are
ostensibly pro-American -even though it is America´s
support for the autocratic regimes in Egypt and Saudi Arabia
that has made many of their citizens anti-American and contributed
to the fact that fitteen Saudis and one Egyptian played key
roles in 9/11 (...) The Bush policy today is to punish its
enemies with the threat of democracy and reward its friends
with silence on democratization" (pag. 209).
Y eso
a pesar de que, como nos recuerda en otra columna, el crecimiento
brutal de la población de Arabia Saudí y su
endémico desempleo conviertan al país petrolero
en una bomba de relojería integrista. Y de que ninguno
de los terroristas del 11 de septiembre fuera iraquí...
La importancia del combustible es enorme:
"The
Bush-Cheney team has not lifted a finger to make us, or the
Arab-Islamic world, less dependent on oil. Too bad. Because
politics in countries dependent on oil becomes totally focused
on who controls the oil revenues -rather than on how to improve
the skills and education of both their men and women, how
to build a rule of law and a legitimate state in which people
feel some ownership, and how to build an honest economy that
is open and attractive to investors (...) Do you think Saudi
Arabia would be able to keep most of its women unemployed
and behind veils if it didn´t have petrodollars to replace
their energies? (...) Do you think it is an accident that
the most open and democratizing Arab countries -Lebanon, Jordan,
Bahrain, Morocco, Dubai, and Qatar (en otro momento hablará
también de la India)- are those with either no oil
or dwindling oil reserves?" (pag. 210).
Mientras
la economía occidental dependa tanto del petróleo,
nos dice Friedman, nadie se arriesgará a precipitar
la desaparición de los regímenes feudales que,
al mismo tiempo que someten a sus poblaciones al oscurantismo
eterno y a la frustración -humus que aprovecha
el integrismo para florecer-, garantizan un abastecimiento
puntual.
Con respecto
a la guerra en Irak, Friedman muestra un cauteloso
optimismo. Pertenece a la tribu de los "sí, pero",
los que apoyaron la invasión en su momento, pero siempre
que fuera respaldada por una amplia mayoría en la ONU,
cosa que no sucedió. Aun así, en las columnas
posteriores al comienzo de la guerra ve con buenos ojos la
destrucción de un régimen autocrático:
piensa que conducirá a un estado democrático
que, por contagio, extenderá el pluralismo por los
países vecinos. Es una visión demasiado optimista,
pero está bien argumentada. No pierde de vista en ningún
momento, sin embargo, que EEUU no puede actuar durante mucho
tiempo sin el apoyo de sus tradicionales aliados occidentales,
por lo que exige a Bush que acate los tratados internacionales
(su insistencia en los protocolos de Kyoto es loable), que
renuncie al unilateralismo y que muestre un poco más
de respeto por la ONU: es poca cosa, pero es la única
organización global que tenemos...
El problema
palestino-israelí tiene un lugar destacado también.
Friedman -judío, por cierto- es bastante ecuánime
y muestra poca compasión al hablar de personajes centrales
del gran drama de la tierra santa de tres religiones, como
Sharon o Arafat: no tiene reparo en afirmar que "los
israelíes no eligieron a Sharon para ser De Gaulle,
sino Patton... porque saben quién es Arafat".
Y añade otras muchas reflexiones demoledoras: "Sharon
was unelectable in Israeli politics. What allowed him to remerge
was Arafat´s rejection of the Barak plan and the Clinton
plan, and then launching an intifada with suicide bombings
of Israeli pizza parlors" (pág. 118). Friedman
es razonablemente pesimista en la guerra de Gaza y Cisjordania,
pero confía en una solución futura, por precaria
que sea. Y mejor que así sea porque Palestina es el
pretexto (que no la causa) de gran parte del
terrorismo actual...
El último
cuarto de Longitudes and Attitudes, titulado Diary:
Travels in a World Without Walls, justifica por sí
solo la compra del libro. Friedman estaba en Israel el 11
de septiembre de 2001 y su relato de cómo vivió
aquella jornada y las dos o tres siguientes es impresionante.
En las semanas posteriores al atentado contra el World Trade
Center recorrió varios países de Oriente Medio
en busca de respuestas y de alivios al enfado que le produjo
el percatarse de manera tan brutal de "lo mucho que ha
cambiado el mundo" para mal. En su diario nos muestra
la trastienda de sus artículos en el New York Times.
Estas últimas páginas, tan cercanas y sinceras,
ingenuas incluso en algunos pasajes, son un excelente colofón
a un libro irregular (está en su naturaleza: el columnismo
periódico tiene sus esclavitudes), pero muy revelador.
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