
Gonzalo
Puente Ojea
Opus Minor
Siglo XXI
2002
|
3
de julio de 2003
El discurso materialista
Artículo
originalmente aparecido en Bibliópolis
Mi debilidad
por Gonzalo Puente Ojea nace de un hastío. Como asistemático
lector de ensayos, estoy un poco cansado de divulgadores simpáticos,
amenos y deseosos de contentar a un gran público al
que suponen atento a sus argumentos, pero que no les presta
demasiada atención, al tiempo que no satisfacen del
todo a su verdadero target -adaptémonos a
los tiempos que corren-, que son los que ya pasan de lugares
comunes. Ese problema, disculpen la digresión, es el
que tiene el reciente Dictamen sobre Dios, de José
Antonio Marina, un excelente ensayo que habría sido
mucho más excelente de haber hecho mayor hincapié
en el recurso a las fuentes, y no en la mera habilidad discursiva.
En este sentido, toda la obra de Gonzalo Puente Ojea está
cubierta por una pátina de aspereza deliberada, inmune
a cualquier tentación vulgarizadora. Anclado en la
soberbia justificada del que se sabe experto en algo, el autor
nunca ha aspirado a descender al nivel de sus lectores, sino
que espera de éstos un esfuerzo por elevarse. Para
los apologistas de lo blando, lo útil, lo fácilmente
digerible, ello es evidencia de pedantería y elitismo.
Para mí, es simplemente sinceridad y honradez para
con los que esperamos de este tipo de libros ideas reveladoras
y fundamentadas, no meros jugueteos formales conceptualmente
vagos, inútiles y evanescentes. Adoro que de cuando
en cuando algún autor me ponga a prueba para comprender
lo que me cuenta, a pesar de que a veces no lo consiga. En
concreto, su penúltimo libro, El mito del alma,
me resultó excesivamente árido, por culpa de
mis confesas (y dolorosas) lagunas de conocimiento en "ciencias".
Por el contrario, su libro más reciente, Opus minor,
me ha redescubierto los placeres que me depararon en su momento
textos brutales, rigurosos, sinceros y reveladores en cada
página, como Elogio del ateismo o Ateismo
y religiosidad. (Un error grave, por cierto, en el título,
que el propio autor nos comenta en un prefacio encartado con
precipitación por los editores: tendría que
ser Opus minus).
El principal interés de Opus minor es, también,
su debilidad esencial. El deseo de agrupar dentro de unas
mismas tapas textos sobre los temas más variados conduce
a que algunos de ellos, especialmente los no referidos a temas
religiosos, no estén tratados con la profundidad que
merecen, y sean meros apuntes para trabajos posteriores (véase
el simplismo con el que resuelve el supuesto "conflicto
político" del País Vasco). Además,
al haber reunido prólogos, epílogos y artículos,
la reiteración es inevitable: la divergencia entre
el Jesús de la historia y el Cristo de la Fe está
explicada en no menos de cinco ocasiones, al igual que la
"falacia conativa", que veremos más abajo.
En ocasiones, esta reiteración resulta interesante
para comprobar la evolución del autor con respecto
a ciertos asuntos: por ejemplo, su opinión sobre los
agnósticos. En los textos más antiguos, Puente
Ojea mantenía una opinión sobre de ellos, los
hermanaba con los ateos. Sin embargo, en los más recientes,
reprocha al agnosticismo que no se arriesgue a afirmar la
no existencia de Dios, y que postergue la toma de postura
a una futura (e imposible) demostración de tipo científico.
El ateo, afirma el autor, es mucho más sincero y duro
en este aspecto, porque acepta que "ningún hecho
de experiencia probará la falsedad del discurso religioso,
porque éste se compone de enunciados respecto de los
cuales no cabe imaginar una situación empírica
observable que los contradiga. "(...) De Dios puede decirse
todo -ad libitum- porque no se conoce nada" (p. 61) y
nos obliga a extraer consecuencias de ello: tiene la misma
validez afirmar que Dios es uno y trino que decir que es un
elefante barrigudo que nos observa desde un trono fabricado
con mazapán en los confines del cosmos.
El eje de toda la obra de Puente Ojea es la religión,
partiendo de los motivos que llevan a la especie humana a
dotarse de ella, siempre bajo la forma de una sublimación
de soluciones imaginarias a conflictos con el entorno. Alrededor
de ese eje giran todas las "ideas-fuerza" que maneja.
La primera de ellas, que no es intuición suya, pero
que desarrolla con notable habilidad, es que el elemento central
de cualquier hecho religioso no es la existencia de un Dios
o de varios, sino la invención del alma. Sin almas,
sin animas, no habría creencia, porque en
esa maravillosa fantasía espiritual el ser humano vuelca
toda la frustración provocada por el inexorable tránsito
hacia la extinción, y toda la esperanza de que más
allá de dicho hiato exista "algo mejor".
Dicha invención del reino de lo suprafísico
tiene una segunda utilidad inconsciente: "El hombre se
daba cuenta de que había elementos que no controlaba
y había que darles una explicación, aunque fuera
seudorracional, pero con pretensiones de racionalidad"
(p. 364, en una entrevista con Frank G. Rubio). Así,
el anima es una argamasa perfecta para rellenar las
fisuras de una visión omnicomprensiva del entorno.
El ser humano es víctima de su propia tendencia a la
homeostasis vital, herida por la incapacidad de explicar ciertos
fenómenos. Ni que decir tiene que Puente Ojea predice
que la religiosidad se retirará paulatinamente de las
áreas en las que todavía tiene poder a medida
que los logros de las neurociencias vayan calando en la opinión
pública y ello conduzca a la eliminación de
la idea de alma. Por supuesto, concluiremos, la asunción
por parte del ser humano de la realidad exclusivamente material
de la existencia solucionará discusiones mundanas comunes,
como el derecho al aborto o el uso de células madre
embrionarias en investigación: si el alma no existe,
no hay ninguna razón para considerar ser humano a ese
cúmulo de células indiferenciadas en los comienzos
de la gestación. (Es fundamental, por cierto, recordar
esto: las células primeras pluripotenciales no son
nada, o, mejor dicho, pueden llegar a convertirse en cualquier
cosa, lo que zanja cualquier discusión sobre estos
asuntos).
Por otra parte, otro reflejo del uso de la fe como fuente
de inteligibilidad de lo físico es la eterna (y absurda)
pregunta sobre el "sentido" del universo. Puente
Ojea resuelve este falaz problema de una manera irónica
y elegante: "Las cosas no tienen per se un sentido, además
de su mera existencia. Las cosas son lo que hay, sin más.
Sólo adquieren un sentido que las trascienda en el
seno de la praxis humana. No hay un porqué ni un sentido
de las cosas sino el que adquieren en el ámbito de
la conducta del ser humano, en cuanto medios o fines dentro
de acciones concretas" (p. 58). Y aún más:
"El universo de todos los existentes no es un existente,
no es un objeto de la realidad empírica. Afirmar lo
contrario es incurrir en un craso realismo nominal o conceptual".
(p. 59). Más claro, agua.
En relación con la invención de lo suprafísico
por pura ansia de tranquilidad ante lo que nos rodea surge
la "falacia conativa", otra de las constantes en
Puente Ojea, y una de las más sugerentes y feuerbachianas:
"Se cree, en último término, lo que se
desea creer, porque se supone que el deseo de algo implica
la existencia real de este algo". La falacia conativa
es una hipótesis de difícil refutación.
Basta con discutir con algún creyente para comprobarla:
tarde o temprano, dependiendo del arraigo que la fe tenga
en él, llegará el argumento definitivo para
la creencia: cree porque necesita creer, lo que quiere decir
que su fe se basa en un desideratum acrítico,
una huída ante la muerte como futuro inevitable y ante
la vida como camino en el que de cuando en cuando se producen
tropiezos, cuyos efectos sobre el ánimo pueden mitigarse
con el recurso a la explicación o a la ayuda sobrenatural.
Todavía no se han convencido de curiosear en su librería?
Para terminar, entonces, déjenme transcribirles un
párrafo de la página 110: "El antirracionalismo
y anticientifismo de muchos apologetas de la fe suele presentarse
como la defensa del humanismo. (...) La mayoría de
los autocalificados "humanistas" ignoran casi todo
de la situación actual de las ciencias, y se mueven
en el seno de categorías del pensar que congelan toda
posibilidad de sustituir las amortizadas representaciones
tradicionales por los resultados del inmenso avance del conocimiento
de la naturaleza. Se continúa considerando como gente
culta a quienes no sólo desconocen la metodología
científica y un cierto nivel de lenguaje matemático,
sino que ni siquiera se han procurado la indispensable información
que ofrecen cualificadas obras de alta divulgación
(...). Estos humanistas de hogaño se nos presentan
como las verdaderas almas sensibles, abiertas al prójimo,
generosas, disponibles para las nupcias espirituales con el
gran Todo, con la energía divina del cosmos, a lo que
nunca podrán conducir las vías de la racionalidad
y la ciencia rigurosa". Chapeau.
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