
Michael
B. Oren
Six Days of War
Penguin
2003
COMPRA
ESTE LIBRO


|
29
de agosto de 2003
132 horas de guerra
Hay libros
que dan vértigo. Es una sensación relativamente
común si lo que estamos acostumbrados a leer es ficción:
hay excelentes novelas y poemarios que marean por lo grandioso
de sus propuestas. En pocos casos, sin embargo, se trata de
libros de historia. Éste es uno de ellos.
A punto
de llegar el verano de 1967, Israel se enfrentaba
a la mayor crisis de su corta historia como Estado moderno.
En 1948 había conquistado su independencia
a tiros y cañonazos. En 1956, en la
segunda guerra árabe-israelí, desencadenada
por la crisis del Canal de Suez, humilló al dictador
de Egipto, Nasser, que se había encaramado al poder
cuatro años antes. Esta guerra, llamada "del
Sinaí", llevó al autócrata
egipcio a impulsar durante la siguiente década una
inestable alianza de los países árabes cercanos
a Israel. "Inestable" porque el ánimo cainita
estaba instalado en los regímenes que gobernaban estos
países: Nasser desconfiaba del rey Hussein de Jordania
y de los baasistas de Siria. En el medio de los tejemanejes
de sus vecinos mayores, los palestinos, vapuleados y expulsados
de sus tierras durante dos décadas, se convirtieron
en lo que todavía son hoy día: moneda de cambio
para halcones ambiciosos de todo signo.
El resultado,
por resumir: medio millón de soldados árabes
en la frontera de Israel, con sus correspondientes miles de
carros y aviones de combate; presión de la ONU para
que la situación se mantuviera para siempre en un irritante
equilibrio modelo guerra fría, en la frontera
con la caliente; una agresión preventiva desencadenada
-lógicamente- por el país cercado. Y la derrota
aplastante y total de la gran coalición en unas 132
horas. La Guerra de los Seis Días,
aunque en realidad fueran cinco y medio.
Estos
acontecimientos son los que, con una gran cantidad de detalles
y anécdotas, nos narra Michael B. Oren
en su libro, de apenas trescientas cincuenta páginas.
Usando un estilo que lo hermana con el periodismo y con la
novela de espías, pero siempre mantiendo el deseable
rigor, transmite con eficacia la enorme tensión a la
que se enfrentaron los dirigentes de aquellos países
al borde de la hecatombe.
Héroes
y asesinos junto a la mecha que se consume: antecedentes del
conflicto
Oren afirma,
en el largo prólogo en el que sienta las bases para
su pormenorizado desgrane de los Seis Días,
que su intención es ser "neutral". Esta palabra
ha perdido significado en estos días de confusión
terminológica, en los que las guerras ya no son guerras,
sino "acciones armadas" y las emboscadas contra
soldados en un país ocupado son "terrorismo",
pero en este libro se hace un loable esfuerzo por mostrar
las múltiples facetas del conflicto. No es de extrañar,
por ejemplo, que dos de los principales protagonistas de la
política actual en la zona, Ariel Sharon y Yasir Arafat,
se negaran a conceder entrevistas al autor: de Sharon
recuerda que en 1953, liderando un comando de operaciones
especiales en Qibya (Cisjordania), destruyó "docenas
de casas, matando a sesenta y nueve civiles -sin darse cuenta,
declaró" (p. 9). De Arafat nos
remite en varias ocasiones a su pasado como asesino al frente
de al-Fatah. Las hemerotecas son un peligro para cualquier
reputación, especialmente si se trata de personajes
tan oscuros como éstos.
Tampoco
tiene piedad alguna en su retrato de presidentes y ministros.
A Nasser nos lo muestra como un paranoico
que caía poco a poco en la demencia. U Thant,
secretario de la ONU era poco más que un pusilánime
incapaz de mediar entre los fundamentalistas de ambos bandos.
A muchos ministros israelíes los sitúa al borde
del colapso nervioso. El retrato de los sirios tampoco es
halagüeño: su apoyo al terrorismo palestino no
los coloca en buen lugar en el "juicio de la Historia".
Del rey Hussein de Jordania nos cuenta que se hallaba entre
dos fuegos: amenazado por los integristas y despreciado por
los moderados, etc.
Muestra
simpatía, eso sí, por el peculiar y controvertido
ministro de defensa israelí Dayan
quien, con su llamativo parche cubriendo la cuenca de un ojo
perdido, se convirtió en una de los iconos de aquella
época. También
analiza con cautelosa comprensión la actitud del presidente
norteamericano Johnson que, sabiéndose
empantanado en Vietnam, no se atrevía a implicarse
en un segundo teatro de operaciones, y que parecía
temer que un conflicto localizado condujera a otro global:
"Israel no estará solo a menos que decida ir solo"
(pág. 115), declaró, refiriéndose a un
probable ataque preventivo contra los árabes.
La advertencia
tenía su lógica, puesto que la URSS había
insinuado que intervendría en caso de que Israel tomara
la iniciativa, y proporcionaba apoyo material a los países
árabes. Después de todo, los judíos eran
la "avanzadilla del imperialismo" en la tierra de
los viejos profetas... Johnson, según cuenta Oren,
declaraba públicamente su "amistad" por Israel
en cuanto tenía ocasión, y lo demostró
presionando a los árabes para que levantaran el bloqueo
del estrecho de Tirán (que separa el Mar Rojo del golfo
de Aqaba: la principal vía comercial de Israel con
oriente). Pero también estaba desorientado por la actitud
de los judíos americanos, que estaban en la vanguardia
de las protestas contra la guerra en Indochina.
Guerra
relámpago
¿Cómo
fue posible una victoria tan rápida y aplastante sobre
un ejército que les triplicaba en efectivos? En Six
Days of War se destacan varios factores que condujeron
al desastre a la coalición árabe.
En primer
lugar, la desunión de sus líderes. Nasser aspiraba
a convertirse en el "salvador de los palestinos",
honor por el que competía con sirios, saudíes,
jordanos, iraquíes..., lo que provocaba continuas tensiones.
Los árabes distaban mucho de ser la "gran nación"
popularizada por la imaginación de los panarabistas:
sin ir más lejos, la sangrienta guerra entre Egipto
y Yemen daba sus últimos coletazos cuando Nasser enviaba
blindados a la frontera con Israel.
Los ejércitos
árabes eran numerosos y estaban bien armados, pero
les fallaba la logística y los mandos estaban poco
motivados y mal formados. Además, los egipcios, en
junio de 1967, estaban seguros de que los israelíes
no darían un paso hasta finales de año, por
lo que habían descuidado la vigilancia. Ello explica
que, en las primeras horas de la ofensiva sobre Gaza y el
Sinaí, la aviación egipcia se volatilizara sin
que los cazas pudieran siquiera despegar. Y que el avance
terrestre israelí por la enorme península fuera
rápido, aunque muy duro. Tras arrasar el Sinaí,
los israelíes ocuparon Cisjordania, Gaza y el Golán,
derrotando al resto de la coalición y apurando al máximo
los plazos del ultimátum que les dirigieron la ONU
y EEUU, que temían que llegaran incluso a ocupar Damasco...
Es difícil
no sentir simpatía por Israel en aquella época.
Y es difícil también no justificar las decisiones
que se tomaron. En 1967 estaban -literalmente- entre el fusil
y el Mediterráneo, acosados por las incursiones de
la guerrilla procedentes de los Altos del Golán (Siria),
por los ataques terroristas y por las desafiantes maniobras
militares jordanas en Cisjordania y egipcias en Gaza y el
Sinaí. Las declaraciones de dirigentes y medios de
comunicación árabes no dejaban dudas sobre el
objetivo final de una guerra a gran escala: echar a "los
sionistas" (lo que incluía a los judíos
en su totalidad) al mar. Con el paso de los años, los
sucesivos gobiernos israelíes, sobre todo los de derecha
religiosa, han ido malgastando el plus de legitimidad que
les concedía el dirigir un país asediado. Sin
embargo, no conviene olvidar que no es cierto el dicho "dos
no luchan si uno no quiere". En estos casos, los dos
quieren y, además, si uno dejara de hacerlo, su contrincante
no dudaría en empujarlo al abismo. Libros como Six
Days of War ayudan a comprender un poquito mejor cómo
hemos llegado a tal situación. No es poco.
|