
Michael
Moore
Stupid White Men
Penguin
2001
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8
de septiembre de 2003
Sana demagogia panfletaria
No siento
simpatía por los panfletos. Por lo general me molesta
su estilo, que oscila entre lo desenfadado (ligero, luego
simplón) y grave (teatral). Sin embargo, de cuando
en cuando conviene una cura de desintoxicación. Verán:
trabajar en un periódico implica estar expuesto a temibles
armas de desinformación (pasiva), y no siempre
es posible detenerse a digerir la última boutade
de un tertuliano lenguaraz, especialmente si mancilla el noble
legado de los grandes liberales proclamándose su sucesor.
En el caso español, el diario del Periodista Que Una
Vez Tuvo Un Acento Sobre la O Del Apellido y los telediarios
de Urdaci son la vanguardia de ese neoperiodismo patrio.
Cuando
uno está quemado, combatir el fuego con el fuego no
es mala idea. Las llamas consumen oxígeno: si incrementamos
su intensidad, el oxígeno se agotará más
rápido, con lo que acabaremos con el problema, siempre
que el incendio sea en un compartimento estanco. Puesto que
estoy un poco cansado de la manipulación grosera por
parte de uno de los flancos del espectro ideológico
y que mi confianza en la objetividad humana es más
bien nula, procuro refugiarme en libros de signo opuesto con
cierta asiduidad. Hacía lo mismo durante el mandato
socialista, pero al revés: digamos que no es sano ser
asiduo de Temas para el debate si
quien gobierna es de izquierdas...
Stupid
White Men, recopilación de artículos
polémicos, es un libro interesante pero muy, muy irregular:
tiene las mismas grandes virtudes y los mismos grandes defectos
que Bowling for Columbine. Funciona
muy bien cuando Moore deja que sean las personas las que hablan,
si permite que la cámara, sin su intermediación,
recoja los testimonios. Pero muy mal cuando, con el entusiasmo
de un universitario temprano embravecido por una sobredosis
de tratados antiglobalización, imparte doctrina política.
Me explico.
Me encanta
cuando se queja de la falta de protección social
en su país. Moore sostiene –en Bowling...
y en este libro, aunque no tan explícitamente- que
las raíces de la violencia se hunden no sólo
en la pobreza, sino en la imposible satisfacción
del deseo de ser mejores. Según Moore, el Sueño
Americano no consiste en que cualquiera, si se esfuerza, puede
llegar a lo más alto; consiste en que, si no lo consigues,
eres un fracasado. El fracaso conduce a la frustración
y la frustración, en casos aislados, pero relativamente
abundantes, a la violencia. (Razonamiento, por cierto, que
siempre me recuerda al Yoda de El imperio contraataca
“el miedo lleva a la violencia y la violencia conduce
al Lado Oscuro”, ya saben...Sean indulgentes con mis
manías). Me resisto a asumir una causalidad tan rotunda,
pero no niego que su hipótesis tiene cierto encanto.
También
resulta interesante cuando argumenta que la administración
Clinton no fue tan beneficiosa para las clases empobrecidas
como tantos comentaristas adscritos a la Tercera Vía
quieren hacernos creer. Moore sostiene que muchas de las políticas
reaccionarias de Bush Jr. tienen su origen en el anterior
inquilino de la Casa Blanca. Bush “es sólo una
versión más desagradable y mezquina de lo que
ya hemos vivido durante los noventa” (p.211), pero no
porque sea peor a grandes rasgos, sino porque no se disfraza
de cordero para recortar inversiones en la escuela pública,
en ayudas a las madres adolescentes o en recursos sanitarios
para los que no disfrutan de un seguro privado. Para Moore,
Clinton, además de “uno de los mejores presidentes
republicanos que hemos tenido”, es un gran publicista
de sí mismo.
Moore
no confía en el bipartidismo, puesto
que sabe que los que invierten en republicanos y demócratas
son “siempre los mismos”. Por el contrario, propone
un terapéutico “retorno a los orígenes”,
al entusiasmo por la política activa, por la participación
ciudadana. En el capítulo que abre el libro y en el
epílogo, ambos memorables denuncias de las extrañas
circunstancias que propiciaron el gobierno de George W. Bush,
se declara harto de las burocracias captavotos y solicita
(más bien exige), que la gente se haga oír.
No me extraña que le costara tanto sacar este libro
al mercado –según cuenta en el prólogo-
si tenemos en cuenta que en el espeso clima ideológico
post-11S debe de ser merecedor de una buena caza de brujas
el escribir: “Soy ciudadano de los Estados Unidos de
América. Nuestro gobierno ha sido derrocado. Nuestro
Presidente electo está en el exilio. Viejos hombres
blancos que beben martinis y llevan pechera han ocupado nuestra
capital” para, a continuación, dar un repaso
a los acontecimientos que condujeron al presunto robo de las
elecciones de 2000 por parte de una conspiración republicana
en Florida... Moore cree que el sistema electoral norteamericano
está podrido desde los cimientos. De ahí su
casi histérica desesperación.
Hasta
aquí, todo correcto y francamente divertido. Sus caricaturas
de George W. Bush y de todo su equipo, amén de la de
otros personajes públicos, como el ridículo
(aunque siniestro) dictador norcoreano Kim II Sung son sensacionales.
Sin embargo, el libro se vuelve irritante cuando mete la nariz
en la alta política. ¿Qué tiene Michael
Moore que decir, por ejemplo, sobre el conflicto de
Oriente Medio? Pues exactamente lo mismo que usted,
querido lector, y yo: poco. Y muy sesgado por intermediarios
con ideologías extremas (ni Edward W. Said ni Gabriel
Albiac son buenas fuentes en estos casos). La diferencia es
que Moore puede permitirse el lujo, en unas cuarenta páginas,
de ponerlo por escrito. A pesar de que diga verdades evidentes
(“el terrorismo individualizado es malo, pero el terrorismo
impulsado por un Estado es repugnante”, p. 180) recomendar
que se retire toda ayuda a Israel, sin apoyar al mismo tiempo
la eliminación de los grupos fundamentalistas palestinos,
es una barbaridad. No basta con escribir una carta abierta
a Arafat recomendándole la “resistencia pasiva”,
en un ejercicio de miopía moral sorprendente. A los
terroristas religiosos no se les combate sólo con palabras.
Tampoco
es convincente cuando saca conclusiones sobre ciertos "puntos
oscuros" de la realidad cotidiana, gran problema también
de Bowling for Columbine. O cuando analiza –es
un decir- la economía capitalista, o incluso cuando
explica por qué en EEUU sigue existiendo la segregación
racial a pesar de las sucesivas iniciativas en pro de la integración...
Así que mi opinión sobre este libro es: cómpreselo
si le apetece reírse –y bien a gusto- con un
retrato despiadado de la América de los grotescos Bush
II, Cheney, Rice y Rumsfeld o agarrar un buen enfado con varios
pasajes en los que se describe a personas obligadas a tener
dos trabajos únicamente para sobrevivir. Pero aléjese
de él como si fuera el demonio si lo que busca es un
buen ensayo.
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