
Michael
Burleigh
El Tercer Reich
Taurus
2002
|
15
de agosto de 2003
Virtudes y defectos de un libro interesante
Artículo
originalmente aparecido en Bibliópolis
Si es
cierto que gran parte que la curiosidad que un libro despierta
depende de su arranque, El Tercer Reich,
de Michael Burleigh, atraerá a muchísimos lectores:
"Este libro
trata de lo que sucedió cuando sectores de las élites
y las masas de gente normal y corriente decidieron renunciar
en Alemania a sus facultades críticas individuales
en favor de una política basada en la fe, la esperanza,
el odio y una autoestima sentimental colectiva de su propia
raza y nación. Es, por tanto, una historia muy del
siglo XX".
Dan ganas
de leerlo, ¿verdad? Personalmente, la sensación
que me produjo ese primer párrafo me recuerda muchísimo
a la que me provocó el comienzo de uno de los ensayos
periodísticos más recomendables (también
sobre el nazismo y la guerra, por cierto) que conozco, Los
años de la infamia, de Manuel Leguineche:
"La Segunda Guerra Mundial empezó en mi pueblo,
Gernika". Jamás he sido capaz de resistirme ante
frases semejantes. Los fines de mes se resienten por culpa
de ellas.
El objetivo
de El Tercer Reich, según palabras de su autor,
es encajar el nazismo dentro de las llamadas "religiones
políticas", manifestaciones radicales de las ideologías
que desembocan en el irracionalismo y la invocación
de valores eternos que, al mismo tiempo que suplen las carencias
de las iglesias tradicionales, proporcionan relatos omnicomprensivos
que explican el mundo de una manera simple en épocas
de inestabilidad. No es un planteamiento demasiado original,
como el propio Burleigh admite: el nazismo como religión
pagana está insinuado incluso en estudios fundacionales
como la excelente -y todavía válida, Ian Kershaw
mediante- biografía de Hitler de Allan Bullock. O en
libros tan poco sospechosos de aventurerismo ensayístico
como La dictadura alemana, de Karl
Dietrich Bracher o The Nazi Dictatorship,
del mismo Kershaw. Sin embargo, Burleigh plantea la cuestión
con entusiasmo contagioso en el primer tercio de su obra.
Su argumentación es persuasiva, lo que incita a sumergirnos
en sus más de ochocientas páginas para descubrir
qué es eso tan importante que nos quiere relatar.
La promesa,
sin embargo, pronto se ve incumplida. El Tercer Reich
es una introducción aceptable a la ideología
nazifascista, por lo que su lectura es recomendable para los
que deseen profundizar un poco en esta época convulsa
de la historia europea, pero pronto olvida su objetivo inicial
de hablarnos de religiones políticas y entra de lleno
en terreno trillado. A los que ya están algo curtidos
en estas lides, el libro les dejará un regusto desagradable.
Burleigh trata temas interesantes, como las acciones-reacciones
de las diversas fuerzas extremistas que pululaban en Weimar
(comunistas y fascistas) y traza un retrato bastante creíble
del fanatismo ideológico de todo signo, lo que resulta
encomiable en estos tiempos en los que se sigue encumbrando
como próceres de la democracia a personajes turbios
como la Pasionaria. Sin embargo, lo que no es aceptable es
que se deje llevar por su propio entusiasmo incendiario y
nos escarpie los vellos con boutades propias de Álvaro
Vargas Llosa (no confundir con don Mario, por favor): "El
Partido Comunista alemán (como el inglés y el
francés de los años treinta) estaba integrado
por estalinistas inflexibles y autoritarios más que
por eurocomunistas cursis de una época posterior"
(p. 706). Casi al comienzo del libro, cuando trata la implantación
del nazismo entre los creyentes, dice: "en el caso de
los pastores que apoyaban el nazismo, puede también
que siguiesen a su rebaño en una patética búsqueda
de popularidad, igual que esos párrocos "modernos"
sedientos de aplausos que tocan la guitarra eléctrica
en la iglesia" (p. 135). Y, un poco más adelante,
el autor se echa al monte con el trabuco y el saco de las
virtudes capitales de la paciencia, la laboriosidad y la abnegación
y, después de resaltar la figura de Hitler como artista
fracasado, nos espeta a los incautos: "su pretensión
de ser un artista revolucionario se basaba en una contraposición
con la burguesía complaciente, hipócrita y ahíta,
un concepto estereotipado de los alienados, que les ahorra
el esfuerzo de comprender la honradez, la dignidad, el decoro,
el dominio de sí y las virtudes no apocalípticas
de una vida responsable" (p. 276).
No seré
yo quien le quite mérito a los que se guían
por las "virtudes no apocalípticas", pero
me da que frases de ese tipo, convenientemente interpretadas
por mentes demasiado recalentadas por el sol de verano (éste
fue el libro de cabecera de Aznar durante unas vacaciones),
pueden conducir, un suponer, a una transformación a
golpe de decreto del sistema de protección social contra
el desempleo, por aquello de castigar al vago subvencionado
y premiar al trabajador responsable que acepta sumiso un infrasalario
por un trabajo a jornada completa. Pero son cosas mías.
Ustedes disculpen la digresión.
Por continuar con
el asunto de las salidas de tono, cuando Burleigh analiza
las pequeñas conspiraciones de aristócratas
militares contra Hitler, comenta que hay historiadores críticos
que exaltan la "abnegación de comunistas subprivilegiados"
contra los nazis, mientras desdeñan a los aristócratas.
"Estos hombres conservadores, muy cultos, cordiales,
inteligentes, patriotas, atractivos físicamente y elegantes
no habrían encajado bien en la academia moderna. Para
ellos la aristocracia entrañaba obligaciones, una idea
prácticamente incomprensible en culturas que sólo
reconocen derechos". Para rematar la heroica loa a las
virtudes de las clases altas, garantes de los recios y viriles
valores de la vieja Alemania, Burleigh se permite recordar
que estos valientes "tenían además la suerte
de estar casados con mujeres seguras de sí mismas,
con las que discutían sus dilemas o mantenían
una correspondencia intensa" (p. 745). Vaya con las señoras...
Quien
sepa esquivar estos deméritos con un hábil requiebro
de cadera, hallará información valiosa en el
libro. La crítica a las posturas anticientíficas
y neoespiritualistas (antiguas y actuales), el adecuado y
escalofriante retrato del descenso de una sociedad avanzada
a las cloacas de la sinrazón, el estudio profundo de
los servicios secretos alemanes, etc., justifican la inversión
monetaria. Sin embargo, no me resisto a cerrar esta columna
sin recomendarles que, si realmente quieren informarse sobre
el Reich, no se limiten a adquirir este volumen, que seguramente
estará destacado en los estantes de novedades de su
librería habitual, y que rebusquen en los fondos editoriales
para hallar los textos de Karl Dietrich Bracher (La dictadura
alemana está en Alianza Universidad), Ian Kershaw
y Allan Bullock mencionados más arriba. De nada.
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