
Flags of our Fathers
James Bradley
Bantam (2000)

The New York Times, 25 de febrero de 1945


En primer plano, el monte Suribachi, punto más alto de Iwo
Jima
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21
de mayo de 2006
Las banderas de nuestros padres confundieron al mundo
La historia,
según La Foto: seis marines ascienden al
monte Suribachi tras el desembarco en las playas negras
de Iwo Jima. Esquivan balas y granadas, avanzan con las piernas
ardiendo por el esfuerzo, las espaldas sudorosas bajo el
peso de
equipo y armas. Alcanzan la cima de una de las más
temibles fortalezas de la II Guerra Mundial y, entre silbar
de balas y tronar de morteros, clavan la Vieja Gloria en
suelo japonés. Un símbolo
del heroismo de un puñado
de jóvenes defensores de la democracia. La Foto muestra
a la opinion pública el momento culminante
de la sangrienta campaña de Iwo Jima, como evidencia
la primera página de The New York Times reproducida
a la izquierda. Claro
que la leyenda es falsa.
Y es
que la historia que sugiere La Foto, forjada por
la dejadez de los periodistas de la época y por las imaginaciones
de
los
muchos miles
que hasta hoy visitan
cada año el
Marine
Corps War Memorial, es una caricatura. Fruto
de uno de los mayores fracasos de la historia de la prensa.
Un ejemplo de lo perjudicial
que resulta abandonar la exactitud por el romanticismo.
Y del poder que una imagen demasiado semejante a un póster
propagandístico (o a un conjunto escultórico) tiene sobre
la forma en que la mente imagina y modela la
realidad.
Los periodistas renunciaron a su deber clarificador y
dejaron
que La
Foto "hablase
por sí misma", esa falacia; no le añadieron
apenas comentarios, con lo que los lectores fueron (y siguen
siendo) libres de interpretarla. De transformarla en icono.
La principal
virtud de Flags of Our Fathers,
el libro de James Bradley, es que demuestra que “una
imagen vale más que mil palabras” no
sólo es un tópico de supina ordinariez,
sino también
una falsedad. No hay información sin contexto.
La imagen, despojada de explicación, evoca.
Pero no informa. La bandera
sobre el
monte Suribachi no fue el punto culminante,
como La Foto de Joe Rosenthal sugiere
(grita, más bien: su mensaje es inequívoco, aunque errado),
sino apenas el principio. La prensa abandonó Iwo Jima
tras
la captura
del punto
más
alto
de la isla,
pero los marines tardaron treinta y seis días
en vencer. Los últimos defensores
se rindieron en 1949, cuatro años
después de que la batalla terminase oficialmente. Nada
de eso está en la imagen.
¿Por qué
Iwo Jima? A principios de 1945,
Japón era una potencia en retroceso. Los americanos habían
expulsado a las tropas imperiales de archipiélagos
y atolones, siempre con enorme coste humano. Sin embargo,
y a pesar de que los días victoriosos de Pearl Harbor quedaban
ya lejos, Japón no estaba derrotado:
el alto mando
aliado
tenía ya
previsto
el plan
de invasión
del país, y los cálculos más pesimistas preveían unas bajas
de casi el treinta por ciento. El efecto de tal desastre
sobre la opinión pública era impredecible.
La única
alternativa a la invasión era arrasar el
suelo natal del enemigo desde el aire y esperar que
ello quebrase la resistencia de un gobierno que pretendía
convencer a su población de que el suicidio por el Emperador
era un destino deseable. El problema era que la distancia
entre las bases aéreas aliadas
y Tokio
era
muy
grande:
en caso
de
ser alcanzados por fuego enemigo, los bombarderos no
tenían ningún lugar donde realizar un aterrizaje de emergencia.
Además, al estar Iwo Jima en la ruta
entre los aeródromos americanos y Japón,
los aviones eran avistados mucho antes de alcanzar
sus objetivos, con lo que los pilotos se encontraban
con
denso fuego antiaéreo y cazas como recibibimiento
en cada misión. La ocupación de Iwo Jima era inevitable.
Del desembarco y la subsiguiente batalla se ocupa este
libro, un clásico de la historia militar. Ahora que está
cercano
el estreno
de la versión
cinematográfica, dirigida por Clint Eastwood,
no está de más recuperarlo.
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