
Bernard
Cornwell
Arqueros del Rey
Edhasa
2002
|
18
de junio de 2003
Una nueva saga medieval
Artículo
originalmente aparecido en Bibliópolis
Bernard
Cornwell es un folletinista documentado. Un escritor popular
con pretensiones, no tantas como para convertirlo en un peñazo,
pero sí las suficientes para transformar meras novelas
de a duro en entretenimientos dignos y con un punto de sofisticación.
Cornwell es conocido en nuestro país por la serie del
fusilero Richard Sharpe en las guerras napoleónicas,
de la que lleva publicados una barbaridad de volúmenes
y que no presenta sus mejores virtudes como escritor: demasiados
tópicos, personajes poco apetecibles y una ambientación
histórica que, si bien está apoyada en sólidas
bases documentales, no resulta excesivamente atractiva.
Por el
contrario, la trílogía Crónicas
del señor de la guerra, en la que recrea
los mitos artúricos desde una óptica "realista"
(es decir: nada de brillantes armaduras y virtudes caballerescas,
sino mesnadas de cafres enmelenados y rugientes machacando
con hachas melladas los cráneos de otros cafres enmelenados),
es una de las mejores piezas de eso que se ha dado en llamar
novela histórica de aventuras, un conglomerado de peripecias,
personajes amorales (o de moralidad errática), batallas
sangrientas y giros inesperados de la trama absolutamente
recomendable en estos tiempos tan zafios, romos y centrorreformistas.
Arqueros
del rey (que pertenece al nuevo ciclo La búsqueda
del Grial) se encuentra a medio camino entre la saga de Sharpe
y la del Señor de la guerra. Por una parte, supone
el regreso del Cornwell menos complaciente y más socarrón:
su héroe, un arquero inglés, se pasa tres cuartos
del libro eludiendo sus deberes para con la Iglesia y sus
promesas a una dama de buen ver, y sólo al final, y
más debido a la casualidad de encontrarse con su archienemigo
en la batalla de Crécy (1346) que por sus ansias justicieras,
cumple en parte su misión. No da cuartel al rival,
tiende emboscadas traicioneras, se salta a la torera las reglas
de la guerra (si es que en la Guerra de los Cien Años
había alguna...) y sólo muestra un poco de humanidad
cuando se encuentra entre camaradas o acompañado de
su última conquista sentimental. No es un pícaro,
no hay demasiado humor en Thomas de Hookton, sino un superviviente
desesperado que dice sentirse movido por la venganza (su aldea
fue arrasada por un pariente al que no conocía), pero
al que motiva más ver un nuevo amanecer.
Sin embargo,
la nueva saga de Cornwell está lejos de las Crónicas
del señor de la guerra. En la citada trilogía
artúrica, cada página te escupía sangre
a la cara, y cada párrafo parecía acompañarse
de una banda sonora profusa en clarines y tambores. Destilaba
brutalidad primigenia, personajes humanísimos en sus
miserias y en sus (escasas) virtudes. Poseía una fuerza
narrativa que te forzaba a devorar libro tras libro y, en
llegando a las últimas páginas del tercero,
a desear que ese maldito inglés que pasó demasiados
años dedicado al periodismo mercenario en vez de a
la gozosa aventura se fuera al infierno por privarte de saber
más y más de ese mundo fascinante y oscuro atiborrado
de brujas gesticulantes y guerreros sin virtud. Arqueros del
rey, por el contrario, se lee con agrado, pero con cierta
indiferencia. Cornwell parece no haber puesto toda el alma
en él, o tal vez se ha dejado llevar por el éxito
o por el deseo de complacer al gran público cultivado
que consume las novelas del fusilero Sharpe y ha moderado
el fatalismo inmisericorde que enlosaba los destinos de los
personajes de El rey del invierno, y que los condenaba
a muertes dolorosas y terribles.
Una pena, porque
la Guerra de los Cien Años es un conflicto muy atractivo
para el género histórico, y merecía que
se le sacara algo más de jugo. A pesar de todo, Cornwell
no ha perdido nada de mano describiendo batallas con minuciosidad
y precisión visual. Por ello, y por ese divertidísimo
batiburrillo de referencias oscuras y ominosas que mezcla
sin pudor a los cátaros con las virtudes taumatúrgicas
del Grial en el argumento de la saga, sin dudarlo cederé
en el futuro al filibusterismo de la editorial Edhasa (más
de 20 euros por un libro...) y me compraré los siguientes
volúmenes.
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