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3
de octubre de 2003
J.M. Coetzee, premio Nobel de literatura
Por fin
le han dado el Nobel de literatura a J.M. Coetzee, caramba.
No creía demasiado en los rumores que defendían
las posibilidades de su candidatura, porque la Academia Sueca
suele ser bastante cuidadosa en el reparto "por nacionalidades"
de sus cotizados galardones y hace unos años distinguieron
a Nadime Gordimer. Gordimer es una excelente novelista, pero
Coetzee... Ah, Coetzee es otra cosa. Coetzee es un cañonazo
en el silencio, un puñetazo en el hígado. Y,
al mismo tiempo, es sutil, delicado y, paradójicamente
gélido en su estilo.
Coetzee
cuenta las atrocidades más terribles con la frialdad,
con la aparente indiferencia de quien aplasta hormigas en
el jardín. En sus mejores novelas, el autor es un dios
inhumano, un ser ausente que observa a sus criaturas con una
mezcla de extrañeza y una pizca de misericordia. Y
la violencia, hibernada, parece a punto de desatarse en cualquier
momento. Quien tenga dificultades para que se le despierte
la empatía con personajes que no muestran su desgarro
a gritos, como en las malas novelas, mejor que nunca se acerque
al sudafricano: hágame caso y quédese con V.C.
Andrews o sucedáneos. Para sintonizar con los sentimientos
de los seres que deambulan por la obra de Coetzee se necesita
esfuerzo. Porque son tan profundamente humanos que ocultan
sus sentimientos incluso a aquel a quien se supone que se
le desvelan todos los secretos en un relato: el lector.
Comencé
a leer a Coetzee por la que dicen que es su mejor novela,
Desgracia, una fábula de viaje moral
tan desasosegante como hipnótica. Decidí comprar
aquel libro por un impulso (me pasa a menudo). Babelia,
el suplemento literario semanal de El País,
había publicado una especie de entrevista con el autor
(digo "especie" porque, según contaba el
redactor, Coetzee sólo había accedido a responderle
por e-mail, y eso después de insistir mucho...)
y me dio muy buenas vibraciones. Los mejores descubrimientos
se hacen sin meditar demasiado.
Aquel
mismo mes compré y leí todas novelas de Coetzee
que pude encontrar: La edad de hierro, oscura
y pesimista (una de sus constantes es que sus personajes parecen
incapaces de comprender no sólo el mundo hostil que
les rodea, sino también a otras personas; las otras
son el tratamiento del apartheid y, curiosamente,
la obsesión por el maltrato a los animales) y las autobiográficas
Infancia y Juventud que, a pesar
de que no colmaron mis expectativas, sí me dejaron
con las ganas de encontrar los libros que en aquel momento
estaban agotados. En las últimas semanas me he hecho
con Las vidas de los animales, una recopilación
de conferencias ensayísticas que todavía no
he tenido tiempo de leer. También otra de sus novelas
"importantes", Esperando a los bárbaros.
Y la más reciente en el mercado hispanohablante (aunque
su versión original es de los años 70) En
medio de ninguna parte. Tengo Coetzee para rato, tres
libros nada menos: cuánto disfrute pendiente...
Así
que mis parabienes para la decisión del jurado del
Nobel. Sólo se me ocurre una reflexión para
cerrar este articulito: ensalzar a Coetzee es una idea excelente,
pero...¿cuándo le darán el premio a Vargas
Llosa? Sé que la deriva derechista de Don Mario
no es bien vista por el establishment (a pesar de que
firme una columna semanal en el muy progresista El País),
pero nadie podrá negar que alguien que tiene en su
haber cosas como La ciudad y los perros, La guerra
del fin del mundo, Conversación en la catedral,
La fiesta del chivo y otra decena (o más) de
maravillas no puede ser ignorado durante tanto tiempo: ya
va siendo siglo, hombre.
Claro
que el "caso Vargas Llosa" también
tiene su lado oscuro. Al día siguiente del
anuncio del Nobel, la horda formada por algunos columnistas
y tertulianos se lanzó a descalificar a Coetzee. igual
que el año pasado con Imre Kertész, igual que
hace años con Gao Xingjian, con Darío Fo, con
Saramago, con Toni Morrison... Sólo V.S. Naipaul escapó
de las iras de los comentaristas conservadores en su rasgarse
las vestiduras periódico por lo mal que está
el mundo, tan lleno de progres trasnochados que,
además, se atreven a escribir y a recibir galardones.
Entre las barbaridades que he leído/oído, mi
preferida es la que soltó Alfonso Rojo
(el hermanísimo del mantero
del periodismo) en Onda Cero, diciendo que a ver qué
era eso de darle el Nobel de literatura a alguien que, además
de desconocido (¿?), tenía "apellido de
boxeador" y que "el señor ése"
no le llegaba "a la suela de los zapatos a Vargas Llosa".
Qué atrevida es la ignorancia. Y qué sencillo
el trabajo de tertuliano.
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