
José
Luis Corral
Trafalgar
Edhasa
2001
|
18
de junio de 2003
Añorando a Pérez Galdós
Artículo
originalmente aparecido en Bibliópolis
Es un
tópico de nuestra prensa el lamentarse de que la historia
española, tan rica en hechos susceptibles de transformarse
en narraciones, no haya dado una tradición de novela
histórica en la que se conjuguen, como sucede en otros
lugares, la tragedia, la épica y el drama. En los últimos
años, sin embargo, ha surgido un pequeño grupo
de autores que, con timidez de explorador, comienza a publicar
tras la estela de un Pérez-Reverte cada día
más encumbrado con su saga de Alatriste (hasta juego
de rol han sacado. Viva el cross-marketing).
José
Luis Corral es uno de esos narradores. Con unas cuantas novelas
en su haber, todo parece indicar que le ha llegado el éxito
tanto por las que se ocupan de una historia ajena (El
amuleto de bronce, sobre Gengis Khan), como
por las que tratan el pasado de nuestro país: El Cid
y Trafalgar. Tenía ya ganas de hincarle el diente a
algún libro de Corral, con la esperanza de descubrir
a un Bernard Cornwell castellanoparlante.
Pero me he encontrado
con un nuevo César Vidal (o con un nuevo Díaz-Plaja,
no sé qué será peor). Es decir: con otro
escritor erudito, historiador, para más señas,
que piensa que una novela puede construirse sólo con
la mera acumulación de datos. Los personajes ficticios
no tienen peso y los que se corresponden con seres reales
(en este caso, Godoy, Carlos IV o Fernando VII) hablan como
si alguien los hubiera sacado de un manual de la UNED. He
aquí lo que le dice el insigne dramaturgo Moratín
al protagonista de la novela cuando ambos se lamentan del
mal estado de España, acosada por dos colosos como
Gran Bretaña y Francia y corroída desde dentro
por una piara de nobles y curas:
“No es usted
una excepción en estos convulsos tiempos que nos ha
tocado vivir, Francisco. España es toda ella una loca
contradicción. Aquí los ilustrados somos conservadores
y defendemos la monarquía absoluta como la mejor fórmula
de gobierno para los pueblos, aunque nos escandalizamos cuando
esas mismas fuerzas conservadoras que defendemos han conducido
a nuestras universidades a la decadencia y al retraso con
respecto a las europeas; el pueblo pasa hambre y muchas otras
carencias, pero se dejaría matar por besar la suela
enlodada de los zapatos de su rey; la mayor parte de la nobleza
vive ociosa en su molicie, mientras sus heredades pierden
valor y sus rentas disminuyen a causa de la falta de actividad
económica (...) los comerciantes y artesanos renuncian
a buscar nuevos mercados por conservar lo poco que les queda...”
(p. 376)
Pardiez, ni que
estuviéramos ante un tratado de Tamames... Ese tono
de puritano didactismo impregna todo el libro de la primera
hasta la última página (diríase mejor
ultimísima: 475, nada menos), y su lectura sólo
es recomendable para corazones fuertes o, en mi caso, para
interesados por la historia militar. Aunque, bien pensado,
tal vez ni eso, puesto que el título, Trafalgar, no
hace justicia a lo que realmente se nos narra. Si en la antañona
novela de don Benito, las musas lo tengan en la gloria, se
hacía gravitar el conjunto de peripecias alrededor
del punto focal de la batalla, en la de Corral, el hundimiento
final de la decadente armada española constituye un
mero episodio -bastante bien contado, todo sea dicho- en la
azarosa vida del protagonista, Francisco de Faria, guardia
de corps y familiar de Godoy. Con la excusa de llegar a la
derrota de los almirantes Villeneuve -francés- y Gravina
-español- se malgastan 200 páginas (por cierto:
el autor no tiene recato en exaltar las virtudes de los soldados
españoles, pese a su falta de preparación, frente
a los engreídos mandos gabachos, mal rayo los parta;
no se defenderán aquí las virtudes de los marinos
napoleónicos, pero un poco más de ecuanimidad
sería de agradecer). Para contar lo que sucedió
después hasta el alzamiento del 2 de mayo, se malgastan
otras 200. Quedan en el medio unas 70 de interés.
¿Merece
la pena el esfuerzo? Todo depende de lo que sepan ustedes
de la época. Si saben poco, y quieren enterarse de
lo inútil que era Carlos IV y de lo traicionero que
era su hijo -hay quien defiende las virtudes de los best sellers
más infectos como medio de aprendizaje-, el libro es
prolijo en largas parrafadas con múltiples fechas y
en análisis prolijos que más que enriquecer
el relato, lo entorpecen. El pecado de la novela histórica:
ser demasiado histórica y demasiado poco novela. Francisco
de Faria, sus dos amores y su ayudante son meras excusas para
llamar a este libro “narración”. Es decir,
más cercano al citado César Vidal que a Gore
Vidal o a Robert Graves, a los que no les hace maldita falta
de decir que tal cosa “sucedió el 3 de junio
de 1806” para que nos sintamos transportados a las eras
que nos describen. Sólo como libro de texto funciona
Trafalgar, pues. Sus personajes carentes de nitidez
la desvirtúan como novela tradicional, y la falta de
tensión dramática la aparta de las narraciones
de aventuras con trasfondo real. Qué pena.
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