
Graham
Joyce
Los hechos de la vida
La Factoría de Ideas
2003
|
15
de enero de 2003
De lo mágico cotidiano
Artículo
originalmente aparecido en Gigamesh
¿Qué
hace un libro como Los hechos de la vida en una colección
llamada “Solaris Terror”? Reflexionemos.
La inspiración
en el mainstream o en otros géneros no es
un fenómeno nuevo en la ciencia-ficción y la
fantasía. Desde hace un siglo hemos tenido westerns
con indios verdes que empuñaban desintegradores, novelas
negras con robot enajenado como asesino, dramas psicológicos
con ribetes de tragedia en los que sus protagonistas eran
telépatas amargados. También disfrutamos de
rarezas en las que Macondo era un planeta alienígena.
Amanecido el nuevo milenio, el fenómeno continúa.
No es
casualidad que una de las frases promocionales de Los
hechos de la vida provenga de Isabel Allende, esa buena
novelista a ratos que ha hecho carrera mixturando el noble
realismo mágico con la saga familiar decimonónica,
con incursiones ocasionales en la epopeya política.
Mucho de Allende hay en la novela de Graham Joyce, aunque
no todo es cambiar Chile por Coventry y llamar a la matriarca
Martha, en vez de Clara del Valle.
El hilo conductor
de la saga, eso sí, es inevitablemente femenino, sus
personajes más interesantes (casi diríase que
únicos) son mujeres extraordinarias que viven su existencia
en la inmediata posguerra rodeadas de hechizos mínimos
y espíritus mudos. Ahí está la ya citada
Martha, “perpetuamente consagrada a la tarea de nivelar
y reconciliar las discrepancias” (p.244), o Cassie,
la más extraña de sus hijas, hasta el punto
de que de ella dicen “que no era de este mundo”.
Proliferan las briznas de magia silenciosa que, fecundas por
el cariño familiar que entibia los hogares, germinan
y crecen y se convierten en fantasmas cotidianos. Y en una
familia como la de los (las) Vines, ver esos fantasmas hogareños
es el primer paso para tener garantizado el acceso al clan,
como le sucede a uno de los desdibujados personajes masculinos.
En cuanto al estilo,
Joyce nos regala un pequeño y humilde recital de talento.
Su manejo del ritmo, fluido y parsimonioso, se refuerza con
una atención exquisita en los matices y precisa en
los detalles y en la sugerencia de sentimientos. Maravillosas
las escenas de encuentro a la vera de las faldas de Martha,
o el sugerente periplo del niño Frank, el hijo de Cassie,
por las casas de varias de sus tías (socarrones retratos
de una comuna cuasi-hippy o del trabajo de un funerario o
de los mitos privados de un muchacho que crece…). Una
dosis, pues, de literatura fronteriza entre géneros,
una reflexión -sin conclusiones- sobre el amor fraternal
y sobre las pequeñas grandezas y miserias que nutren
nuestras relaciones con aquellos junto a los que hemos crecido.
Dicho
esto, y a pesar de los no-muertos, los conjuros que no son
tales, las capacidades precognitivas, las cicatrices de la
guerra en los huesos que son los cimientos desnudos de las
ciudades bombardeadas, vuelvo a la pregunta inicial, que permanece
sin respuesta: ¿Qué hace un libro como Los
hechos de la vida en una colección llamada “Solaris
Terror”?
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